Por: Isabella Portilla

Elogio al pie

Cuando nace el pie no sabe que es pie, parece ave o cometa, revolotea sobre el pecho de mamá, se eleva en los brazos de papá, aletea en los cambios de pañal. Es limpio, diáfano, plano como una tabla, pero flexible como el vuelo de un águila.

En los primeros años le aparece en su planta un arco, una montaña rusa, un tobogán de piel: es el perfil del mismo pecho de mamá avisándole que es pie, que no es ave ni cometa.

Cuando empieza a caminar se resigna a ser pie; está condenado a ocultarse dentro del zapato, a vivir como un preso hacinado, abochornado entre pedazos de tela, esos a los que llamamos medias, pero las medias no son buenas ni en los pies.

Con el tiempo, el pie conoce el mundo, enfrenta el barro, el polvo, la lluvia. Siente el hueco en el asfalto, la piedra en el zapato, el pasto, el estiércol de perro, la baldosa fría, las botellas rotas.

La mujer lo maltrata; lo encarama en tacos altos, tacos aguja que desgastan su talón, lo somete a la tensión del equilibrio: camina, baila y trabaja empinada. Es garza.

El hombre lo atosiga, lo hace correr y sudar en la cancha para conseguir un gol, lo desafía ante una pelota que, a la vez, es su amiga. Lo lesiona, le produce callos por la presión del calzado, le crea hematomas, lo ampolla.

En invierno, descuidado, sin atención, no encuentra más refugio que los botines aterciopelados, esos que le dan calor. En verano, en cambio, fulgura en sandalias presumiendo el cuidado de su desnudez.

La sociedad lo prostituye, lo convierte en fetiche de la moda, lo erotiza, le chupa los dedos, lo masajea, le pinta las uñas de rojo, le pone sandalias coquetas y anillos podales, le saca una foto, lo hace portada de Cosmopolitan y lo vende.

Sin otro remedio, sigue soportando el peso del cuerpo. Resiste situaciones que exigen pies de plomo: filas de bancos, conciertos, caminatas, expediciones al África, marchas pacíficas o revolucionarias.

A pesar de todo, sigue en pie.

@isobellack

 

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