Por: Luis Carlos Reyes

En 2016 la sección de comentarios le ganó al artículo

Hay paralelos preocupantes entre el ambiente ideológico en el que surgieron los totalitarismos del siglo XX y el actual.

"Los troles ganaron", presumió Chuck Johnson, aliado de la estrategia de medios de la campaña electoral de Donald Trump. "La sección de comentarios le ganó al artículo… Llevamos al presidente al Despacho Oval a punta de memes". Las palabras de Johnson recuerdan las de Juan Carlos Vélez Uribe cuando alardeaba de cómo la campaña del No logró su victoria tergiversando el contenido del primer acuerdo de paz de La Habana: “la estrategia  era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación…”

Muchos votaron por el No por razones de peso, y también hay quienes votaron por Trump por una lógica que, aunque imposible de compartir, parte de convicciones políticas razonables. Pero en ambos movimientos tuvo un papel importante la indignación porque sí, un cierto vandalismo político que pone la avidez de afirmar los prejuicios propios por encima de la obligación que se tiene hacia la razón y la verdad.

No todas las opiniones son válidas ni respetables. Si alguien afirmaba que el acuerdo de paz iba a instaurar una dictadura homosexual en Colombia, su persona merecerá respeto, pero su opinión no. No son válidas las opiniones del individuo que hace unos días llegó a una pizzería en Washington y empezó a disparar su rifle convencido de que allí funcionaba una organización de prostitución infantil dirigida por Hillary Clinton, rumor promovido por allegados al presidente electo de Estados Unidos. (https://www.washingtonpost.com/news/local/wp/2016/12/04/d-c-police-respond-to-report-of-a-man-with-a-gun-at-comet-ping-pong-restaurant/) Cuando alguien no se toma el tiempo de formarse una opinión con criterio, es decir, sometiendo a juicio a cada una de las ideas de las que parte, su opinión no vale. No es válida la opinión desinformada ni la del que no se molesta en evaluar la calidad de las fuentes en las que se basa.

Nada de esto es nuevo, ni es un vicio exclusivo de la derecha la tendencia a aceptar con gusto y sin trámites lo que valide las ideas propias. Pero sí estamos, quizá por la facilidad con la que se difunde cualquier opinión en las redes sociales, ante un resurgimiento del ambiente intelectual en el que proliferaron los totalitarismos del siglo XX, tanto fascistas como comunistas. El pensador español José Ortega y Gasset lo describía así: “el escritor, al tomar la pluma para escribir sobre un tema que ha estudiado largamente, debe pensar que el lector medio, que nunca se ha ocupado del asunto, si le lee, no es con el fin de aprender algo de él, sino, al revés, para sentenciar sobre él cuando no coincide con las vulgaridades que este lector tiene en la cabeza”.

Lo importante no es si un youtuber, o el autor de un libro, columna o meme tiene la razón. Lo grave es la tendencia del público a juzgarlo y promoverlo con base en si se acomoda a lo que quiere pensar. Es peligroso para la democracia que grandes segmentos del electorado participen en el proceso político dejando de lado el impulso de razonar y de buscar lo verdadero. Mejor sería que se abstuvieran de participar.

Luis Carlos Reyes, Ph.D., Profesor Asistente, Departamento de Economía, Universidad Javeriana

Twitter: @luiscrh

 

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