Por: Diana Castro Benetti

En defensa

Se nos olvidó que el amor tiene que ver con las estrellas, las flores y los gatos. Se nos olvidó que el amor tiene que ver con el agua, el pan y la familia.

Se nos olvidó que el amor es la piel de otro y el cuerpo propio. Se nos olvidó que el deseo es amor a primera vista. Se nos olvidó que un orgasmo es la evidencia del infinito. Se nos olvidó que el sexo es la intimidad de quien lo elige y el paraíso propio.

Y es que estos olvidos no son ingenuos sino más bien la norma de una lógica que prefiere callar, censurar y matar lo que le suene a rebeldía, bordes, incomprensiones y desorden. Adormecer lo que sucede con la piel es un paso al precipicio del infierno y es el fin último de la esclavitud. Sofocar los brotes de belleza, ingenuidad, pasión y búsqueda es la consigna de quienes controlan y reproducen mojigaterías que esconden las ignorancias o las culpas que ya han sucedido bajo sus sábanas.

Y es que pocos salen en defensa de una palabra que ha sido manoseada por los siglos, violada por las instituciones y castrada por las vigilancias; una palabra que construye imperios, destroza tradiciones y acata leyes mayores. Palabra que refleja creación, fuerza que circula, fluidez y transformación. Sin dueño, el amor escapa a toda convención, a las etiquetas y calabozos. Más que eso, desata tormentas en quien lo encarna. Remueve, abre, imagina, espera e inventa lo inesperado. Amor es acción consciente y no es sólo una palabra, es la vida en mayúscula.

Y pocos pueden negar que el amor ha caminado con los místicos, los niños, los ancianos, ellas, ellos y el andrógino, o que habita en todos los esbeltos, morenos, indios, blancos, gordos y pobres. El amor está en las sonrisas, las intenciones, los acuerdos y los nuevos vientos. El amor es una montaña, la abeja y el águila; es páramo, mar, creyente y ateo. El amor enciende la política e impulsa el desarrollo. El amor es el tiempo. Pero, lástima, el amor también es aquella palabra que nadie defiende cuando todos tienen miedo.

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