Por: Arturo Charria

En el país de Nomeacuerdo

La memoria no es un asunto de adultos, ni de expertos.

Su lugar no es, de manera exclusiva, los sitios especializados o los pasillos de las universidades. Por el contrario, para que la memoria sea transformadora debe estar al alcance de los niños.

¿Y cómo hablarles a los niños de la guerra? Hablándoles de manera clara y con palabras que ellos comprendan, nos recomendaría Yolanda Reyes. Sin embargo, no es fácil encontrar esas palabras, porque nosotros pensamos en “adulto”, lo que no significa que comprendamos mejor que los niños la complejidad de la guerra.

De ahí lo importante de encontrar esos lenguajes que logren narrar de manera simple lo que parece imposible de poner en palabras. Este ha sido el proyecto de Jairo Buitrago: contarles historias de la guerra a niños de 6 o 76 años. Así, parte de su obra nos habla de la desaparición forzada, del desplazamiento y de la dictadura. chilena Sus libros, nos sacan del miedo de vivir “en el país del Nomeacuerdo (...) en donde doy tres pasitos y me pierdo” como cantaba María Elena Walsh para los niños de Argentina, a finales de los 60s.

Una niña que recorre la ciudad sobre el lomo de un león, un niño que que cuenta la historia de sus abuelos para una tarea y una niña que en lugar de compañeros de clase vé bichos. Esos son los protagonistas de tres de los libros de Jairo Buitrago. Miremos dos en detalle.

El primero se llama “Camino a casa”, nos cuenta la historia de una niña que al salir de la escuela le pide a un León que la acompañe de vuelta a casa. El León la acompaña a la parte alta de la ciudad en donde vive, hasta su barrio. La acompaña a hacer todos los oficios del hogar: cuidar a su hermano pequeño, pedir fiado en la tienda, hacer la comida. Pero el León se va cuando regresa su madre. Al final, mientras todos duermen en la misma cama, la niña se despide de una fotografía en la que está la familia. Allí, junto a su madre y hermano pequeño, está un hombre con melena abundante como un León. En una esquina de la última página, junto a un tumulto de diarios se lee: “Familias de desaparecidos 1985”.

De igual manera, en “Un diamante en el fondo de la tierra”, Buitrago logra profundizar en las distintas formas en que las familias chilenas vivieron la dictadura militar. Una maestra les pide a sus estudiantes: que hablen con sus abuelos, si estaban vivos, y contaran sus historias. Los estudiantes hablaron de  abuelos intrépidos que subieron gigantescas montañas o atravesaron mares, pero también de abuelos que durante los tiempos de la dictadura recibieron condecoraciones, otros mencionaron abuelos que fueron torturados, desaparecidos o sufrieron el exilio.

La situación estremece porque Buitrago utiliza con una narración intercalada en la que juega con las distintas experiencias que los abuelos vivieron durante la dictadura. Ahora todos los nietos hacen parte de un mismo salón que es como ese país que tiene por reto reconocerse en las historias de los otros.

Estos libros, que fueron escritos para niños, se convierten en una herramienta importante para hablarles a los más pequeños sobre la guerra y sus memorias. Sin embargo, siempre he creído que a quienes más les sirve es a los adultos que acompañan a los niños en dichas lecturas, pues ellos, a diferencia de los más pequeños, se sienten cómodos y sin miedos en el país del Nomeacuerdo.

 

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