Por: Lorenzo Madrigal

En nombre de Dios

Aunque doctores tiene la Santa Iglesia, uno piensa que sería mejor que al Santo Padre no lo inmiscuyeran en un tribunal de dudosa creación constitucional y cuya implementación y consiguiente obediencia estará por siempre cuestionada.

Entre los grandes descaros que ha tenido el Gobierno, experto en propaganda, uno ha sido involucrar la figura incuestionable del Santo Padre Francisco en su peculiar idea de la paz negociada, con entrega, como lo sabe y rechaza el país, de los grandes principios que han regido la Nación.

Ya se comentó en estas líneas el uso indebido de una toma del papa en que pedía que este proceso no fuera un fracaso más. Decir esto no era propiamente un estímulo, sino más bien una prevención, pero había que repetir la imagen del Pontífice, con criterio utilitarista de propaganda política.

Me parece que el Vaticano ha sido en extremo prudente para no comprometerse con lo que está apenas discutiéndose en Colombia, con gran polarización. Ahora mismo, con igual criterio de propaganda electoral y dando por hecho que el susodicho tribunal ya está creado y aprobado por la Nación, se ha comunicado a la opinión que el papa nombrará jueces para ese tribunal especial, cuando el señor Nuncio, aunque dice estar dispuesto, apenas comienza a darse por enterado.

Esto es, ni más ni menos, utilizar a la Iglesia, con sentido electoral, por su gran puntaje de aceptación ciudadana. Así va siendo todo, así pasará el plebiscito, sin que la herida constitucional acabe de sanar. Porque si bien se dice que Santos fue reelegido para hacer la paz, ninguna norma democrática le iba a permitir hacer o convenir con la insurgencia leyes pétreas, inmodificables, debatidas a destiempo, como cualquier detentador de poderes omnímodos y personales, que los hay en la vecindad.

Sea lo que fuere, nombrado por el papa directamente o a través de una escala jerárquica, el juez de esa Corte inapelable y nunca vista en el ordenamiento jurídico, será el juez del papa o los jueces del papa, si se trata de un cuerpo numeroso. Y éste o estos juzgadores del bien y del mal llevarán al banco de acusados “a Raimundo y todo el mundo”, en afirmación rotunda del asesor del Gobierno, el jurista don Juan Carlos Henao.

No estará tranquila la mesa de La Habana, igualados combatientes y combatidos, hasta llevar al expresidente Uribe a ese tribunal, para fujimorizarlo o en el mejor de los casos para que confiese supuestos crímenes como ellos van a confesar los suyos y tenga que sembrar cebollas y ajos en su casa de Rionegro por ocho años inconmutables.

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Chistoso sería, si no fuera trágico, que el propio don Juan Manuel Santos acabara llamado por ese tribunal de su hechura para responder por la muerte de Reyes, Jojoy y Cano, ante sus cofirmantes de la paz.

 

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