Por: Andrés Hoyos

En un pueblo de Colombia...

...de cuyo nombre no voy a acordarme —porque es la regla, no la excepción—, las calles son armoniosas y el clima benigno, hay casas de recreo estupendas, llegan turistas que cumplen mil actividades en los alrededores, pero una cosa brilla por su ausencia: el IVA.

Una flamante tienda de artesanías, ubicada en una esquina de la plaza central y propiedad de bogotanos de la élite, tiene un amplio surtido, pero no caja registradora. Si uno visita ese pueblo portando apenas de una tarjeta de crédito, corre el riesgo de pasar hambre. De más está decir que al pueblo van economistas, tecnócratas, burócratas de la Dian y políticos nacionales y que todos notan el altísimo grado de evasión prevaleciente. Oírlos hablar luego de bancarización es casi un chiste.

En contraste, demórese un par de días en pagar la retención en la fuente de su negocio formal, cometa un pequeño error en su favor en una declaración fiscal y le caerán con todo: multas, intereses de mora, exigencias de pago inmediato. El funcionario de cara arrugada que lo recibirá lo tratará a usted como un réprobo.

Un proceso análogo pasa con las leyes laborales. En ese mismo pueblo sin nombre mucha gente es contratada a destajo. Si las autoridades quieren forzar el pago de prestaciones o un juez laboral pretende hacer cumplir la ley, se encontrarán con empresas sin contabilidad, meras golondrinas inasibles. En cambio, si usted tiene una organización formal y sospecha que un empleado de vieja data le hace trampa y quiere averiguar si sus sospechas tienen mérito, deberá proceder a una draconiana y dolorosa diligencia de descargos, con testigos y contra testigos, para poder invocar la justa causa. En caso de que el empleado explique todo a cabalidad, su relación con él saldrá irreparablemente maltrecha y no habrá otro remedio que despedirlo, previo pago de una cuantiosa indemnización. En general, firmar aquí un contrato de trabajo a término indefinido implica un alto riesgo y, al día de hoy, todavía tiene un sobrecosto del 50% por encima del salario nominal. Todo porque el Estado le está cobrando a usted impuestos por la puerta de atrás, disfrazados de prestaciones y pagos parafiscales. ¿Y todavía se preguntan algunos por qué la informalidad laboral en Colombia ronda el 50% de las personas empleadas?

En este país existe una conspiración contra la formalidad, detrás de la cual se esconde un Estado contrahecho y gruñón, cuya principal función parece ser penalizar a quien cumple las reglas. Así, el recaudo efectivo de impuestos no llega a 15% del PIB, a lo que se puede agregar un par de puntos más por cuenta de los parafiscales, al tiempo que una empresa formal llega a pagar más del 60% de sus ingresos totales en una u otra forma de impuestos.

La culpa es y no es de los tecnócratas. Más arriba en la escala están los políticos y, en particular, los partidos políticos torcidos que tenemos. Pero incluso entre los funcionarios públicos se replica el problema. Acepte usted un cargo público y trate de hacer cosas. Le caerán las ías como gavilán a un conejo, cuando no lo abrumará una lluvia de tutelas que paralizarán su gestión.

Mucho se habla de la cultura como una necesidad. Pues bien, la cultura empieza por tener ideas claras que conduzcan a reformas virtuosas. La próxima vez que deba votar por un candidato, pregúntese dónde se ubica esa persona en el mapa de calamidades aquí descrito.

[email protected], @andrewholes

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