Por: Fernando Araújo Vélez

Encadenados al orden

Nos seguimos clavando puñales en aras de eso que llaman orden.

Y nos hemos acostumbrado a los puñales, a las heridas, y a eso que llaman orden, y por el orden, sus instituciones, sus guardianes, sus discípulos y sus obedientes cumplidores —nosotros—, hemos ido matando las esperanzas. Al amor le pusimos cadenas y lo encerramos en una prisión que desde hace siglos lleva por nombre matrimonio. Por el orden, nacemos marcados con el imperativo del matrimonio, pues sólo ahí, desde ahí, habrá organización, nos dicen. Y hacia allá vamos, con los ojos vendados, en busca de la promesa de una eterna felicidad, convencidos de que hay un amor, un amor absoluto, un amor dios, que sólo adquiere sentido con el matrimonio o sus múltiples variables. Luego descubrimos que aquel amor de las películas se iba tiñendo de posesión, de exclusividad, de apariencias, de familia, y terminaba en hastío y desesperanza.

En aras de un orden, el orden que han ido decidiendo por su propia conveniencia los mismos de siempre a través de la historia, hemos confundido lo natural con la costumbre, y creemos que nacimos con cédulas, uniformes, horarios, obligaciones, títulos, cargos, fidelidades, monogamia y cuentas bancarias. Nos gastamos toda una vida para darnos cuenta, al final, de que hemos vivido inmersos dentro de un sistema plagado de estrategias para hacernos producir. Produjimos tuercas, máquinas, comida, papeles, botellas, moda, muebles, ladrillos, casas, carros, aviones, computadores, celulares. Produjimos mentiras disfrazadas de verdad para mantener todo dentro del orden de siempre.

Produjimos humo y lo vendimos debidamente empacado. Produjimos manuales y códigos que nos enyesaron y nos robaron la opción de ir descubriendo y crear. Produjimos de todo, encadenados y encadenándonos, odiándonos y robándonos, matándonos, pero no produjimos vida, y nos quedamos debiendo una linda conversación y una eterna noche de pasión.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Fernando Araújo Vélez

Señor títere,

Volver para jugar en serio

Del tú al usted

A Philip Roth

Amo porque odio