Por: Hugo Sabogal

A encontrar las diferencias

Al terminar la semana, un millar de personas se dieron cita en el Museo El Chicó, en Bogotá, para vivir la experiencia de degustar y entender las diferencias entre los vinos del Viejo y el Nuevo Mundo.

Con la participación de decenas de bodegas de ambos lados del océano y de los dos hemisferios, La Vuelta al Mundo en 80 Vinos by Diners Club buscó con esta cita enriquecer el conocimiento de los consumidores locales, quienes, en su gran mayoría, tienden a aferrarse a lo conocido por el temor a nadar en aguas inciertas.

Quienes se atrevieron a zambullirse, dijeron haber terminado su jornada con varias ganancias: por un lado, agregaron nuevos aromas y sabores a su paladares, y, por otro, descubrieron variedades de uva y estilos que desconocían.

En el salón del Viejo Mundo se encontraron con consagradas y recién llegadas etiquetas de países como España, Francia, Italia, Grecia, Portugal, entre otros.

Y en el del Nuevo Mundo se experimentaron con los clásicos y nuevos vinos de regiones productoras como Argentina, Australia, Chile, Estados Unidos y Nueva Zelanda.

Algo que corroboraron es que la geografía y el clima son factores importantes a la hora de entender las diferencias. Los países del Viejo Mundo ocupan franjas geográficas con climas fríos, y, por lo tanto, los ciclos de maduración de las uvas son más cortos y los vinos presentan mayores niveles de acidez natural y menores componentes azucarados, lo cual se traduce en bajos niveles de alcohol. De ahí que se sientan menos musculosos, pero nunca menos complejos. Es decir, un estilo elegante y con marcada expresión de lugar.

En la mayoría de países del Nuevo Mundo, en cambio, el clima es cálido y las temperaturas promedio son bastante superiores. Esto significa que las uvas maduran sin dificultad y acumulan porcentajes de azúcar suficientes para crear sensaciones frutadas y maduras, y una percepción de cuerpo y potencia.

De la misma manera, oyeron de los expertos que mientras las técnicas de elaboración en el Viejo Mundo están íntimamente ligadas a tradiciones milenarias, las utilizadas en el Nuevo Mundo se apalancan en la innovación, la técnica y la experimentación.

Otro elemento es el marco legal. En el caso del Viejo Mundo, el conocimiento adquirido durante siglos se recoge en leyes de estricto cumplimiento, cuya esencia es defender el concepto de denominación de origen. Por eso los vinos no llevan en las etiquetas el nombre de la variedad, sino el de la zona de producción.

En el Nuevo Mundo, en cambio, los profesionales gozan de mayor libertad y se experimentan continuamente, tanto en términos de variedades como de lugares de producción. En consecuencia, les es mucho más fácil y directo destacar en sus etiquetas el nombre de la cepa o cepas utilizadas en la elaboración, y no tanto el precioso lugar de origen.

Otra lección aprendida es que, en un mundo globalizado, asistimos hoy a un fenómeno interesante: un porcentaje creciente de vinos del Viejo Mundo se parecen cada vez más a los del Nuevo Mundo, y viceversa.

Este se debe a que, por un lado, millones de consumidores reclaman vinos frutados y de consumo rápido (léase estilo Nuevo Mundo), mientras que los más experimentados prefieren aquellos ejemplares con más carácter y con una clara identificación de su lugar (léase estilo Viejo Mundo). Aleccionadora experiencia.

 

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