"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 2 horas
Por: Arlene B. Tickner

¿Es posible el diálogo?

Una vez más, Gobierno y oposición se sientan a dialogar con miras a encontrar una salida mutuamente aceptable al impase que vive Venezuela. Es una cita atravesada por la desconfianza, la antipatía y la incertidumbre, ya que puede no resultar en nada, pero no existe otra alternativa. El acompañamiento de la comunidad internacional, aunque indispensable en esta crítica coyuntura, no permite destrabar los múltiples inamovibles de la discordia, entre los cuales figuran la participación política, la justicia y la reparación de los agravios. Al mismo tiempo, la presión de tiempo es enorme por el riesgo latente de una mayor polarización de la sociedad y una escalada de la violencia. Aunque se trata del diálogo entre la oposición y Nicolás Maduro en Venezuela, el símil con el de Juan Manuel Santos y los del No en Colombia es ineludible.

En medio del matoneo político, económico, jurídico, discursivo y físico utilizado para desactivar toda oposición y crítica, el Gobierno venezolano ha acudido a la convocatoria del papa Francisco como estrategia de distracción, pero también porque la crisis lo tiene tan arrinconado que jugadas, como el aumento salarial o la denuncia de la conspiración oligárquica-imperialista, ya no le resultan. Por su parte, ante el bloqueo del referendo revocatorio —y pese a las divisiones que existen en su interior y su asistencia a regañadientes a la cita—, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se ve obligada a combinar todas las formas legales de lucha con miras a restaurar el “hilo constitucional”, incluidos la aceptación de una mediación extranjera, la insistencia en la aplicación de la Carta Democrática de la OEA, el juicio político contra Maduro desde la Asamblea Nacional y la movilización popular en las calles.

Dadas las cosas, la única “solución” medianamente factible sería una negociación-trueque que concediera garantías políticas y jurídicas transicionales al chavismo —con miras a blindar su futuro como movimiento— a cambio de la reanudación del referendo o el adelanto de las elecciones presidenciales, así como la liberación de los 110 presos políticos, que siguen privados de libertad, y la activación de la ayuda humanitaria —vedada hasta ahora por Maduro— para atender la crisis de alimentos y medicamentos. Para esto y más allá de la “intervención divina” del Vaticano, los exmandatarios iberoamericanos que acompañan el diálogo, incluido el secretario general de la Unasur, no gozan de legitimidad entre la MUD, mientras que la OEA y otros exlíderes cercanos a la oposición tampoco serían mediadores creíbles para el Gobierno. Por más extraño que parezca, Thomas Shannon, enviado del Departamento de Estado de Estados Unidos, podría ser un tercero reconocido por todos.

Empero, entre un chavismo en Venezuela dispuesto a abandonar cualquier semblanza democrática con tal de permanecer en el poder y un uribismo en Colombia aferrado a los intereses terratenientes y más interesado en sus perspectivas electorales que la paz, el diálogo con el segundo, increíblemente, suena más viable.

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