Por: César Ferrari

Estrategias económicas y posconflicto

Tal vez el éxito más importante de la estrategia de sustitución de importaciones promovida por la CEPAL fue la expansión de la clase media latinoamericana a partir de los empleados y obreros calificados de las fábricas manufactureras que la sustitución indujo, de los empleados del Estado creciente y de un grupo gerencial que se ocupó de manejar las empresas públicas nacientes.

En 1990, cuando dicha estrategia comenzaba a ser abandonada, según un estudio reciente de la CEPAL que emplea una “definición bidimensional de clase media combinando la ocupación del principal proveedor de ingreso del hogar (manual, no manual) y el ingreso familiar como una variable sustitutiva del consumo”, los hogares de clase media ya representaban 67 por ciento del total de hogares en la Argentina, 54 en Chile, 46 en Brasil, 44 en México, 43 en Colombia, y 32 en Perú.

Década y media más tarde, durante la vigencia de la estrategia basada en el Consenso de Washington, esa proporción solo había aumentado notoriamente en Chile (70 por ciento), ligeramente en Argentina (74), Brasil (53) y México (48), se mantuvo en Perú (32) y se redujo en Colombia (39). Por cierto, dado el crecimiento de la población y del número de hogares, durante esos años el tamaño de la clase media aumentó en términos absolutos en todos los países mencionados.       

La aplicación del Consenso de Washington en América Latina se tradujo en la apertura y liberalización de sus mercados, la reducción del intervencionismo estatal en los mismos y la privatización de la mayor parte de sus empresas públicas. En últimas, acabó reduciendo la participación de las manufacturas en la estructura de la producción y generando una nueva dependencia de las materias primas.

Pero el cambio de estrategia no produjo crecimientos económicos elevados y menos sostenidos, y los procesos de los años anteriores, de arranque y parada en el crecimiento, no se superaron. Para el conjunto de los países latinoamericanos y del Caribe, según información del Banco Mundial, el crecimiento durante los años sesenta (5.5 por ciento promedio anual) y setenta (6.1 por ciento), durante la vigencia del Consenso de la CEPAL, fue muy superior al observado durante los años noventa (3.2 por ciento), dos mil (3.3 por ciento) y 2011-2015 (2.1 por ciento), durante la vigencia del Consenso de Washington. Los años ochenta, de transición entre ambas estrategias, corresponden a la denominada “década perdida”, la de la crisis de la deuda externa latinoamericana.

Mientras tanto, con una estrategia económica muy diferente a las dos latinoamericanas mencionadas, China experimentó un extraordinario crecimiento con tasas promedio anuales muy elevadas y sostenidas, (6.2 por ciento durante los años setenta, 9.3 durante los ochenta, 10.4 durante los noventa, 10.5 durante los dos mil y 7.8 entre 2011-2015). Esa evolución no solo la convirtió en la segunda economía mundial si no que le permitió expandir su clase media de manera notable (en 1981 según el Banco Mundial 99.1 por ciento de la población china era pobre, en 2010 esa población se había reducido a 27.2 por ciento).

Elegir una estrategia apropiada es crucial para Colombia especialmente ahora que está por iniciarse, gracias a Dios y a las negociaciones de paz, un periodo de posconflicto. Para que sea exitoso debe darse en democracia, en el contexto de una economía creciendo al estilo asiático, de mercados libres y competidos, un Estado capaz de proveer bienes públicos e infraestructura, y empresas competitivas, para que, así, la clase media, en un plazo relativamente corto, represente por lo menos el 70 por ciento de los hogares colombianos como en Argentina o Chile. El posconflicto lo facilitará pero, qué duda cabe, requerirá nuevas políticas monetarias, fiscales y de regulación económica que nos acerquen a los éxitos asiáticos (materia de una próxima columna).
 

Profesor, Universidad Javeriana, Departamento de Economía

 

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