Por: Fernando Araújo Vélez

Eternamente culpables

Hay que imaginarlas desde niñas, recibiendo y soportando miles de discursos de opresión y de deber, de cuidados excesivos y de excesivo pudor, con el miedo metiéndoseles en la piel: el miedo a salir, el miedo a pensar, el miedo a besar, el miedo a amar.

Hay que imaginarlas obedientes y, más que obedientes, sumisas, y más que sumisas, aterrorizadas, con un libro de cuentos como única opción de escape, soñando con la libertad, una palabra nada más que leyeron en esos cuentos. Hay que imaginarlas paralizadas, intentando desentrañar el debes ser linda, debes ser tierna, debes ser hacendosa y miles de debes ser más, y entender que detrás de tanta imposición, de tanto orden, sólo puede haber perturbación. Hay que imaginarlas encerradas en sus habitaciones, sumergidas en el pánico porque las noticias multiplican ataques y violaciones, y cualquier transeúnte puede ser un agresor. 

Hay que imaginarlas luego, ya de adolescentes, juzgadas y condenadas según invisibles códigos escritos por quienes sólo pretendían ser servidos. Hay que imaginarlas, también, convenciéndose de que su único poder es la belleza. Hay que imaginarlas petrificadas por el peso de la historia, miles de años con los mismos mandatos y las mismas lecciones y el supuesto único destino. Hay que imaginarlas preguntándose si ese único destino es ser madres, o si hay otros, y después, sentirse culpables por el simple hecho de dudar. Hay que imaginar sus culpas por rebelarse contra el deber ser. Sus culpas por amar o no amar, por odiar, por ser apasionadas, por leer, por escribir, por pensar, por contestar. Hay que imaginarlas eternamente culpables.

Hay que imaginarlas reprimidas, con uno o mil halos de amargura heredados de las amarguras de sus madres y abuelas y de las madres y abuelas de ellas, y un infinito NO tallado en la frente: no salgas, no mires, no hables, no cantes, no ames, no seas. Hay que imaginarlas comparadas y comparándose, compitiendo, porque eso fue lo que vieron en su casa y en la calle y en la televisión y en el colegio y en todos lados, cargando con las enésimas exigencias sociales que se inventaron su padre y su abuelo, y que les inculcaron otras mujeres. Hay que imaginarlas según el ideal de sus padres y abuelos: hermosas, sonrientes, graciosas, elegantes y, sobre todas las cosas, discretas. Hay que imaginarlas en una infinita lucha segundo a segundo contra la discreción.

Hay que imaginarlas en silencio, hastiadas de actuar para quedar bien con el mundo.

 

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