Por: Reinaldo Spitaletta

E.U.: entre el cólera y la gonorrea

La superpotencia del mundo, la del eterno bipartidismo, muestra su decadencia política con la mediocridad de sus dos candidatos a la presidencia, tal como se ha visto en los debates electorales, atiborrados de ataques personales y con las técnicas banales del reality, en los cuales es experto uno de los dos aspirantes.

Donald Trump (o Rico Mc Pato), hijo de inmigrantes, y opositor en particular a que su país se siga llenando de mexicanos, porque, como lo dijo un analista del país cuya desgracia, como se decía en el siglo XIX, es estar tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, ni siquiera debe saber cuáles son las otras naciones de América Latina, casi todas consideradas también desde fines del ochocientos como el patio trasero de E.U.

Para Enrique Krauze, autor del libro Siglo de caudillos, si ganara el magnate de la propiedad inmobiliaria y el espectáculo, México sería el país más afectado, porque Trump es “un candidato a tirano” y en Estados Unidos puede recrudecer las tensiones étnicas. “Quienes estaban en los márgenes, como el Ku Klux Klan, por ejemplo, van a sentirse con mayores derechos de imponer sus actitudes, sus prejuicios y hasta su violencia”, dijo.

Pero con la señora Clinton el panorama tampoco es muy limpio. Ella, que apoyó la invasión a Irak, promovida, claro, por un republicano, el exalcohólico, hijo de magnate petrolero, George W. Bush, respaldado por más de la mitad de los demócratas del senado, tiene un historial de corrupción y antecedentes turbios cuando era secretaria de Estado, como su enfrentamiento de la denominada primavera árabe y la intervención militar en Libia. De estas actuaciones se desprendieron delicados problemas en esta campaña: la toma del consulado estadounidense en Benghazi, en la que murieron cinco norteamericanos y el escándalo por el uso privado para manejar las comunicaciones oficiales.

Los estadounidenses, y en general el mundo, que depende en muchos aspectos de la política externa gringa, no están en “buenas manos”. Ambos candidatos, defensores de las élites de su país, como que son parte de ellas, representan no tanto una renovación en la política interna y externa, sino un continuismo del statu quo, aunque en este aspecto le ha sacado más frutos el republicano, porque, al presentarse como un “antipolítico”, pone de su lado a muchos inconformes con la clase dirigente de allá.

Llaman la atención las declaraciones del filósofo marxista esloveno Slavoj Žižek al decir que es menos peligroso Trump que Hillary. “En toda sociedad hay un grupo de leyes que no están escritas, la forma en como la política funciona, y la forma como creas el consenso. Trump perturba esto. Y, si Trump gana, ambos grandes partidos, el Republicano y el Demócrata, tendrían que repensarse, y, posiblemente, algo puede pasar ahí”, señaló.

Hace algunos meses, el creador de Wikileaks, Julian Assange, refugiado en la embajada de Ecuador en Londres, dijo que los norteamericanos están en un dilema sin solución y que, en este caso, no existe “un mal menor” como para seleccionarlo. Ambos son peores. “Elegir entre Trump y Clinton es como optar entre el cólera y la gonorrea”. Más gráfico no pudo ser. Muy parecido, metiéndonos en política criolla, a lo sucedido en Colombia en las pasadas elecciones, entre Santos y un candidato uribista. Pero, a diferencia de la promocionada democracia gringa, sobre todo cuando de invasiones se trata (siempre dicen que exportan democracia y libertad), aquí había otras opciones para el electorado en la primera vuelta. O el voto en blanco, en la segunda.

La actriz Susan Sarandon, seguidora del demócrata Bernie Sanders, al ser interrogada sobre la importancia de que una mujer sea elegida presidente por primera vez en Estados Unidos, contestó que “no voto con mi vagina”. Aclaró que “el miedo a Trump no es suficiente para que apoye a Clinton, con su historial de corrupción”. Lo importante no es tener a una mujer como mandataria —continuó— sino “tener a la mujer correcta”.

Hoy, los norteamericanos elegirán al cuadragésimo quinto presidente de su país. Y parecen estar en una encrucijada. En los debates, Trump, un payaso multimillonario, creyó tener el derecho a la ofensa. Alguna vez llamó “asquerosa” a su rival. En la sociedad del espectáculo, en la palestra de las superficialidades, esta campaña ha evidenciado la decadencia del imperio. Se ha impuesto la “tele-realidad” y, lo más detestable, el triunfo de la imbecilidad sobre la razón. No hay duda: le tocará a la gringada elegir entre “la gonorrea y el cólera”. Qué vaina.

 

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