Por: Gonzalo Hernández

Facebook es inocente

En los últimos días Facebook ha sido acusado de inclinar la balanza electoral de los Estados Unidos mediante la propagación de noticias falsas. ¡Que no se mate al mensajero!

Facebook es un punto de encuentro social donde circula todo tipo de información. Igual pasaba en las plazas de los pueblos colombianos, cualquier domingo, hace años.

Más recursos audiovisuales o más velocidad no convierten al gigante de las redes en un medio de comunicación serio, aunque a veces aparezcan asuntos de importancia en su plataforma. En las plazas, se discutían los efectos de las decisiones políticas centralistas, se intercambiaban productos y conocimiento, y también fluían sátiras, bromas y chismes: todo un intercambio cultural como el que sucede en las redes sociales de hoy.

Si algo diferencia a Facebook, la plaza moderna, es que su acceso es más democrático. No es costoso tener una cuenta en Facebook y publicar. No es el alcalde del pueblo, el cura o el dueño de la tienda de abarrotes más grande el que controla la difusión de los comunicados.

Por otro lado, sabemos que es posible que los algoritmos de Facebook amplifiquen las noticias que han sido “aprobadas” por muchos usuarios en poco tiempo luego de su emisión. Ante debates, queda el riesgo entonces de que Facebook nos muestre solo un lado de la discusión y cree una “cámara de eco” que atenta contra la deseable pluralidad de las ideas en los medios de comunicación.

El loco del pueblo puede ahora, con un golpe creativo, llegar a todo el mundo. En su anonimidad, puede además darle un empaque sofisticado a sus locuras, hacer que tomen la forma de una noticia seria y venderlas.

La información es un insumo vital. Antes podía definir la supervivencia, hoy la ubicación en la pirámide social. Parece tan necesaria evolutivamente como el consumo de calorías. Sin embargo, en un mundo desigual en educación y oportunidades, no es sorprendente encontrar a millones de consumidores de información chatarra: de 200 caracteres y una foto, sin  análisis, sin tiempo para la reflexión. Van movidos por el instinto consumista, lo pasan a sus amigos y familiares, permanecen en la base de la pirámide, y crean una epidemia. A veces, manipulados, votan.

Y no nos equivoquemos, la epidemia de la información chatarra puede facilitar la elección tanto de la derecha como de la izquierda, o de cualquier combinación política entre ellas que se nos ocurra. El combate de las ideas en 200 caracteres es casi siempre superficial e impredecible. Se puede entonces ganar con un golpe de suerte.

¿Debemos culpar entonces a Facebook, la plaza de mercado, por la propagación de los chismes? No. Podemos decir que es un pésimo medio de comunicación sobre temas de interés público. No tiene ética editorial que vaya más allá de su objetivo comercial. Se parece mucho más a un tabloide que a la Dama Gris. Pero no, no podemos culpar a Facebook de la ingesta de información chatarra.  Este es otro de los males de nuestras sociedades desiguales en las que se democratiza el acceso a las tecnologías digitales y a la información y no se democratizan sus dividendos. ¿Quiénes se benefician menos o se perjudican más con Facebook? Aquellos con más bajos ingresos y más baja educación.

Las mentiras deben ser repudiadas, en especial si su impacto puede definir la elección del gobierno más poderoso del mundo o la desaprobación de unos acuerdos que podrían terminar un conflicto armado de cincuenta años. Pero no hay que culpar a la plaza de mercado por los mentirosos que la rondan los domingos o por los incautos a los que les gusta el chisme. Facebook, por ahora, es inocente.

El autor es Profesor Asociado y Director del Departamento de Economía de la Universidad Javeriana

 

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