Por: Mauricio Rubio

Familias extensas y solidarias

La burocracia internacional define corrupción como “el abuso de los cargos públicos en beneficio privado”. Tal simplificación está plagada de dificultades.

Hace más de una década, el Banco Mundial renunció a una conceptualización del fenómeno que sirviera en distintos contextos. Años antes, para construír el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC), Transparencia Internacional (TI) también delimitó el significado de corrupción para universalizarlo. La definición, con la impronta de economistas, asimila el fenómeno a una conducta de individuos torcidos, “manzanas podridas” del sector público o privado. La explicación se reduce a un problema de codicia individual. Sin embargo, la corrupción puede ser institucional o sistémica y, para el grueso de las prácticas, es imposible aislar a las personas deshonestas, que actúan en organizaciones o redes. Igualmente  problemático es que los límites entre lo privado y lo público no siempre son diáfanos.

El ranking del IPC lo lideran casi siempre los países escandinavos, con altísima transparencia. Hace unos años, un antropólogo hindú, replicando lo que hacen sus colegas de países desarrollados cuando estudian otras sociedades, quiso conocer los hábitos, costumbres y comportamientos de los daneses mediante obervación directa. Para eso, se instaló por varios meses en Hvilsager, un pueblo de Dinamarca. En el informe reportó que los aldeanos “casi no se conocían. Prácticamente nunca se visitaban y tenían muy poco contacto social. Contaban con poca información sobre lo que hacían otros habitantes del pueblo, incluyendo sus vecinos, y mostraban poco interés por saberlo. Incluso las relaciones entre padres e hijos eran distantes. En cuanto se hacían adultos se iban de la casa y, después de eso, visitaban el hogar de manera ocasional. Sólo llamaban por teléfono”. El peculiar etnógrafo hacía una comparación con el típico pueblo de tamaño similar en la India: allí todo el mundo se interesa por los demás, los contactos familiares son numerosos y frecuentes, y hasta parientes lejanos se apoyan mutuamente; relaciones de vecindario o trabajo también son cercanas y afectuosas.

Es fácil imaginar las interacciones de los ciudadanos con el gobierno en estos dos pueblos tan disímiles. En el primero, con un tipo de familia peculiar, nuclear, y una tradición opuesta al nepotismo y al amiguismo, parece normal imaginar al burócrata weberiano racional y libre de presiones, o preferencias personales. En el segundo, la idea de que no existen vínculos cercanos, favoritismo, compadrazgo o espíritu de clan es inconcebible, y lo que se espera de un funcionario público, como de cualquier persona, es que esté siempre dispuesto dar una mano a quien la requiere, incluso flexibilizando procedimientos o normas administrativas. Mientras en algunas sociedades es válido suponer que los intercambios de mercado o con la administración pública se hacen entre personas que no dan ni esperan un tratamiento especial, también existen lugares en los que ayudar a familiares, amigos o miembros de la comunidad puede ser una obligación moral.

Una queja común de los colombianos en países más desarrollados coincide con la observación del antropólogo: la frialdad y desapego de las personas, que se  tratan como forasteros. Extranjeros que nos visitan, por el contrario, quedan cautivados con la calidez de la gente que  parece conocerlos de toda la vida. En 1954, en sus Crónicas del Chocó, García Márquez escribía que “es difícil llegar a Quibdó. Pero es más difícil salir... Si se penetra un poco más a fondo, se comprende que la gente del Chocó quiere a su tierra y está aferrada a ella en esa forma radical y definitiva, porque están acostumbrados a saber que son una sola familia… Desmembrar al departamento sería, literalmente, dispersar una antigua y extensa casa de 100.000 parientes”.

Puede ser  problemático utilizar en cualquier lugar del mundo la misma definición de corrupción. En vez de  pasar por el mismo cedazo a todo el planeta, es fundamental la visión local: conocer  personas,  familias y  comunidades de cerca, con sus peculiaridades, no como entes idealizados y universales sacados de un texto de microeconomía gringo, o del código civil. La simple solidaridad entre gente cercana que se ayuda y respalda no siempre debe considerarse inapropiada o ilegal, puede ser supervivencia. Es un desatino exigirle la misma solidaridad fiscal a contribuyentes de Estados que ofrecen bienes públicos y a quienes soportan una cleptocracia que hace necesarias las palancas de familiares y amigos, o el clientelismo. Las formas locales de hacer negocios también toca identificarlas con precisión, para entender el origen de las redes políticas, burocráticas, empresariales y familiares que defraudan masiva y  criminalmente al fisco. 

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