Por: Mauricio Rubio

Fidel Castro y la paz

Tras la muerte de Castro, abundaron variantes del “hasta siempre comandante” y peroratas contra el tirano; faltaron alusiones a su participación en el conflicto colombiano.

Sin su obsesión por exportar la revolución armada, nos habríamos ahorrado años de guerra. A diferencia de los cubanos, nos quedaron pocos beneficios del castrismo, más allá de acoger e impulsar los diálogos de paz. Las FARC leyeron un poético comunicado, “porque de ejemplo y acciones de amor por un mundo mejor nos deja repleta el alma"; fuera del ideal de una lucha revolucionaria “sin átomo alguno de arrepentimiento” y unos cursos de marxismo, por ahí no hubo mayor influencia. El ELN sí nació en Cuba y el M-19 recibió allá el impulso que, sumado al rescate por la toma de la Embajada Dominicana, definiría el curso del conflicto.

El incidente de transporte de armas en el buque Karina del traficante Jaime Guillot –compañero de estudios de Jaime Bateman y luego yerno de Raúl Castro- sugiere una temprana colaboración entre narcos, M-19 y Cuba. Bateman evadía hábilmente el asunto. “¿Usted cree que Fidel Castro va a meter su revolución, si se quiere moralista, al tráfico de cocaína?” Era inconcebible que un héroe, admirado por intelectuales de todo el mundo, se involucrara en algo tan sucio. Pero su régimen lo hizo, y contribuyó a que rebeldes colombianos se aliaran con narcos y ensuciaran la guerra. No fue el único agente extranjero en el conflicto, y nunca se sabrá si hizo más daño que la colaboración gringa con los Pepes.

Según la querella puesta ante la justicia francesa por Ileana de la Guardia contra Fidel Castro por tráfico de drogas, en los ochenta Carlos Alonso Lucio ya había negociado con autoridades cubanas el aterrizaje de un avión con cocaína. Los oficiales Arnaldo Ochoa y Antonio de la Guardia fueron fusilados en 1989 bajo cargos de narcotráfico. Se les acusó de operaciones con Pablo Escobar. En el sumarísimo juicio oral conducido por Fidel, hubo autocrítica, abogados defensores mudos, arrepentimiento de los acusados y exoneración de toda responsabilidad de sus superiores. Enrique Krauze, historiador mexicano, señala que “Gabriel García Márquez era amigo íntimo de Antonio de la Guardia” y critica su pusilanimidad ante ese proceso.

El internacionalista cubano Juan Benemelis argumenta que en las alianzas de rebeldes con mafiosos el régimen castrista jugó un papel crucial. “El embajador Ravelo logró un acuerdo entre el M-19, el Cartel de Medellín y otros grupos guerrilleros con el fin de que las facciones se apoyasen mutuamente”. Antonio Navarro cuenta que para recuperar la espada de Bolívar –que estuvo en manos de Escobar- viajó a Cuba “al Departamento de América que encabezaba nuestro gran amigo Manuel Piñeiros quien por muchos años dirigió la conspiración cubana en Latinoamérica”. Fernando Ravelo, segundo de ese departamento, fue acusado de narcotráfico en 1982 por una corte en la Florida. Norberto Fuentes, escritor consentido del régimen hasta el juicio de Ochoa, afirma que hombres de Escobar se reunieron en Cuba con Castro y que, en 1988, Navarro Wolf hizo para la Dirección General de Operaciones Especiales un informe sobre “la participación de oficiales cubanos en negocios de narcotráfico”. Algo debía saber.

De buena fuente oí que la paz con Belisario Betancurt abortó por orden de Fidel: podía empantanar el propósito de la revolución continental, al que contribuyeron los del Eme. Darío Villamizar anota que cuando, a través de los cubanos, Jaime Bateman ofreció las armas robadas del Cantón Norte para los sandinistas, “estos le comentaron al general Torrijos la oferta. García Márquez también estaba enterado y en una reunión con el general éste le propuso enviar un emisario a Bogotá para que se reuniera con los dirigentes del M-19, se enterara de los detalles y acordara la forma de hacer llegar esas armas a Panamá”. Torrijos firmó un billete, lo partió en dos y conservó un pedazo como ”contraseña entre Gabo y el emisario del General”. Semejante infidencia pasó desapercibida. Años antes causó más escándalo el rumor de que la administración Turbay, nuestro símil de dictadura, decidió arbitrariamente perseguir a una celebridad.

La paz exige verdad, y sobre el confilcto persisten toneladas de desinformación. Virginia Vallejo vio la toma de Palacio por TV al lado de una misteriosa novia del Eme. Yo ingenuamente espero que algún día alguien revele una escena similar en La Habana: Piñeiro y la cúpula del Eme siguiendo paso a paso el asalto; ahí debieron entender que, a diferencia de la nicaragüense, la batalla colombiana la habían perdido y tocaba pensar en la paz, empezando por abandonar el tráfico de cocaína, “esa peste corruptora que infecta el continente”, como sentenció el diario Granma durante el juicio a los espías traidores.

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