Por: Reinaldo Spitaletta

Fidel, entre la adoración y el odio

Pertenecer a la historia es pertenecer al odio, o a las admiraciones colectivas, o a las apologías y los rechazos.

A veces, se gana la luz como se gana el pan. O, para seguir con el poeta León Felipe, a veces la luz también se puede ganar desde el infierno.

Fidel Castro, a quien la historia quizá lo absuelva o lo condene, porque todo es según el color del cristal con que se mire, es parte de la historia explosiva de América Latina, un continente cruzado de laberintos y sangres diversas. Una geografía sentimental y física, a veces acobardada por los zarpazos de águilas imperiales; a veces alzada y subvertida por las voces de la dignidad y el desprecio a las cadenas.

Hay un Fidel Castro que integra la historia de la rebelión, de la que ya han hecho parte los comuneros, Túpac Amaru, Juana Azurduy, Bolívar, Policarpa Salavarrieta, José Martí, Sandino, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos… un Fidel joven que no soporta que su país, que acaba de salir de la dictadura de Machado, caiga, después, en 1952, en las garras de otro sátrapa, como Fulgencio Batista.

Aliado con las mafias estadounidenses, Batista abre, además, las puertas de la isla a las compañías de ese país, que explotan minas y otras fuentes de riquezas. Y para que no haya lugar al descontento, el dictador implementa la consabida represión, un mecanismo muy conocido entonces en muchas partes de América Latina, sometida a los dictados de Washington. Cuba se transmuta en colonia yanqui y en sabroso prostíbulo, del que disfruta la gringada. Florecen los cabarets, que van más allá de las lujuriosas músicas y piernas del Tropicana.

Hijo de gallego y cubana, de formación jesuítica, el joven Castro inicia su despertar revolucionario y lo pone a prueba frente a los desmanes de Batista. Es el Fidel que encarna la resistencia a las nuevas esclavitudes, a las humillaciones que el poder perpetra contra el pueblo. En 1953, junto con otros demócratas, el abogado Fidel Castro participa en el asalto al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba. Fue una suerte de acto fundacional, de bautizo de lo que vendría después, en una larga lucha que culminaría el primero de enero de 1959, cuando un grupo de barbudos, con la táctica de guerra de guerrillas, triunfaría para dar inicio a la influyente revolución cubana.

El fracaso del asalto al Moncada, en el que la dictadura se refociló matando revolucionarios, fue la muestra de cómo una derrota se trastoca en victoria. Fidel, que hizo su propia defensa ante los tribunales del “Monstrum horrendum!” batistiano, emprenderá, desde México, en el Granma, con 82 hombres, entre los que se encontraba el Che Guevara, la epopeya de la revolución. Una gesta que encendió fogatas en muchas partes del mundo y demostró cómo era posible el triunfo del pueblo sobre sus verdugos.

El Fidel que, como el Che de Carlos Puebla, “desde la historia dispara” es el de la Sierra Maestra, el que entra victorioso a La Habana, el que tiene claros los significados de independencia y libertad. Es el que desea construir un país soberano, con dignidad, con educación y salud para todos. El que se erige en paradigma de las juventudes del mundo que inician un despertar de conciencia revolucionaria y antiimperialista.

El clave es el Fidel que se enfrenta a las políticas expansionistas de Kennedy y avasalla a los mercenarios que los Estados Unidos han enviado a modo de contrarrevolucionarios y que Cuba derrota en Bahía Cochinos, en Playa Girón. El Fidel de la Segunda Declaración de La Habana, en la que llama a las masas hambrientas de indios, obreros, intelectuales y demás integrantes de los humillados y ofendidos a escribir la historia con sangre y luchas.

“Ahora, sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia”, dijo, en medio de ovaciones infinitas que terminaron con el canto de “Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan…”. El discurso de Castro se tornó documento de estudio entre las juventudes latinoamericanas, que seguían cantando La Internacional.

A Fidel los Estados Unidos lo volvieron antiimperialista y, después, marxista, en los albores de los sesentas, en plena Guerra Fría. Ni siquiera el criminal bloqueo decretado por Washington pudo hacer desistir al pueblo cubano ni a su líder. Les aumentó la dignidad y el orgullo.

Después, será otra la historia. Otras las contradicciones. El Castro de después, por razones o sinrazones diversas, será muy distinto al gran revolucionario del principio. Y hará parte del cuadro nada pintoresco de dictadores tropicales. ¿La historia lo absolverá, lo condenará? 

 

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