Por: Juan David Ochoa

Fidel: la muerte y el mito

Con Fidel murió la última vanguardia de un siglo romántico y perturbador, sutil y furioso entre la Belle Époque y los machetes de Ruanda, entre Mayo del 68 y los hornos de Auschwitz, entre el rencor de Sarajevo y los suspiros humanistas de Bombay. Era el último mito de un siglo de furia que aturdió la Historia.

El mismo siglo que emprendió las revoluciones culturales desde China a Sudáfrica, después de la humareda de muertos de esa otra revolución apocalíptica que reprodujo el fascismo de Benito Musollini como un virus sobre el mundo, entre la enfermedad de las derechas aturdidas y las respuestas aciagas de los resentidos que aplastó el poder, y que cuando emergieron sobre las tarimas y la seducción de los aplausos lo hicieron con la implosión de una bomba. 

Fidel apareció sobre esa niebla, justo a mediados del siglo, cuanto todo parecía bien y parecía mal entre el significado relativo de la democracia, y cuando las potencias henchidas de orgullo y gloria después de la Segunda Guerra Mundial se repartían el mundo y empezaban a festejar con los excesos de un cansancio feroz entre sus islas de reposo, bajo el auspicio de los dictadores timoratos del momento y entre los colores de los casinos que custodiaban los tentáculos de Jack Ruby y los círculos empresariales que cantaban boleros y son junto a los nichos del hampa. Así transcurría el ritmo de la historia cuando un bombazo hizo cimbrar el tiempo y los conceptos mismos del deber ser del poder y el canon del humanismo entre la ambigüedad de la soberbia.

Desembarcaban del Yate Granma 82 románticos y dos efigies de la eternidad que tambalearán siempre entre la idolatría y el desprecio: el argentino de los argentinos y quien desde ese instante se llamaría ante la Historia Castro: un espíritu convulso entre la superioridad intelectual y los arrojos de la arrogancia, un hijo histriónico del histriónico choque cultural entre una Cuba que iniciaba sus prácticas independentistas desde las viejas herencias de Martí y los capitales del protectorado norteamericano que la hacían resplandecer entre una riqueza cosmética y un nihilismo feliz.

Ese último espíritu de la última vanguardia del siglo se extendió más allá de su paso triunfal por el centro de la Habana con el primer hito revolucionario de América Latina a cuestas. Hizo de puente y corazón entre la Crisis de los Misiles, fue contrapeso y sospecha  publicitaria entre la muerte de Kennedy, sobrevivió a la caída del dinosaurio rojo de la URSS, fue el muerto huidizo del profesionalismo de la CIA, hizo de sátrapa y de magnánimo altruista, fundó los presos políticos en el hemisferio y las cifras sin analfabetismo y sin hambre, fue el polo a tierra del loco Kruschev, la pesadilla de Reagan, el respaldo de Argelia y de Angola, fue el padre de los marginales y el azote de la opinión,  el homofóbico y el filántropo, el mismo hombre de contrastes que bombeaba socialismo en Caracas mientras su archienemigo George W Bush extraía petróleo en Irak y  evangelizaba el capitalismo en Medio Oriente cuando apenas reiniciaba el milenio. El mismo que ha muerto en el mismo mes de la gloria de Trump, un día después del fin del último conflicto armado inspirado en sus viejas leyendas de la Sierra Maestra.

Ha muerto Fidel Castro, y ha muerto también el siglo en que nacimos.

 

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