Por: Óscar Alarcón

Fidel y Navarro Wolff

A Fidel Castro lo juzgará la historia.

Es un personaje del siglo XX y también de los comienzos del XXI. Hizo triunfar una revolución en un país pequeño, distante a solo 144 kilómetros de una las costas de los EE. UU. y le  tocó, como gobernante, ser víctima del bloqueo, de la  desaparición de la Unión Soviética y de la caída del muro de Berlín.  

Fue un líder que ejerció el poder por cerca de 50 años. Trabajó por la paz de Colombia y todos nuestros presidentes le guardaron respeto y agradecimiento por esos buenos gestos. De Fidel se ha dicho de todo. Por ejemplo, que hizo matar a muchos de sus compañeros de lucha, como al general de división Arnaldo Ochoa, “héroe de la República de Cuba”, veterano de la Sierra Maestra y quien había participado en las guerrillas de Nicaragua y Etiopía. En 1989 Ochoa fue acusado de corrupción y narcotráfico y el Consejo de Estado confirmó su condena y fusilamiento, lo mismo que al coronel Tony de la Guardia, al capitán Jorge Martínez y al mayor Armando Padrón.

El mismo Castro, en una larga entrevista que le concedió a Ignacio Ramonet, director de Le monde Diplomatique, que recogió en el libro Biografía a dos voces, relata que iniciada la investigación solicitó que buscaran a Antonio Navarro Wolff, quien por esos años se encontraba en Cuba, para establecer qué información tenía sobre los hechos denunciados, a lo que el exguerrillero colombiano respondió que “había rumores en Colombia de que gente de Pablo Escobar tenía contactos con Tony de la Guardia, jefe de esa empresa en Cuba”. El testimonio fue definitivo en el juicio y, según el mismo Castro, les pagaban a los cubanos US$1.000 por cada kilogramo de droga. La avioneta llegaba de Colombia, aterrizaba en Varadero y entregaban la droga a algunos barcos que supuestamente traían mercancía que cambiaban por tabaco.

Todos estos actos le hicieron a Fidel merecedor del infierno, en donde se halla con García Márquez, según “cabales” versiones.

 

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