Por: Lorenzo Madrigal

Final, final, final

El año termina y no va más. El 17 comienza en ocho días: será de candidaturas presidenciales, de rompimientos políticos al interior del Gobierno y de los primeros resultados de la esquiva paz que Santos consiguió a trueque de la Constitución Nacional. Noruega, juez y parte de los acuerdos firmados en La Habana, coronó y puso al mandatario a salvo de toda crítica, como Nobel de la Paz.

Durante el año se dieron varios apretones de mano, fuertes, de esos que descuajan las muñecas, de hombre a hombre, porque la mujer siempre está desplazada, lo cual se quiere compensar en los melosos documentos pacificadores cuando se refieren a ellos y a ellas, para complacerlas y darles trato aparte como si no se entendieran dentro de un mismo género humano.

El plebiscito se les fue de las manos. De tanto proclamarlo, desafiar a sus oponentes, gritarlo como inderrotable, cuya pérdida equivaldría a la guerra urbana o a la caída del gobernante, cansó y se desplomó con sólo 50.000 votos de diferencia, un papirote, pero suficientes para echar abajo todas las pretensiones, todos los sondeos de opinión y toda una vanidad de vanidades.

Pronto encontraron la forma de desconocerlo: llamar a los opositores, a los supuestos y reales votantes del No, pero nunca a todos, porque un voto participativo no tiene directivas ni nadie puede representarlo. Se les dio contentillo, que hicieran propuestas y las hicieron; que se llevarían a La Habana, ahora centro imperial de Colombia y se llevaron y nada más se supo de ellas hasta que reapareció el mismo documento rechazado en las urnas, con algunas modificaciones. Con ello creyeron satisfacer y reemplazar el acuerdo negado por votación popular. En lógica, debería presentarse de nuevo al electorado, pero se llevó más bien al Congreso, donde era segura su aprobación.

La Corte, complaciente, le avaló al Gobierno el Acto Legislativo que resultó negado en la refrendación popular y de este modo final se burló el dictamen de las urnas y el plebiscito —hecho fundamental del año político— pasó a los anaqueles como algo anodino, sin importancia, tal y como lo había calificado previamente el jefe negociador de la guerrilla. Algo fallido, pero su ejecutor se fue a pasear el Nobel por Europa y presentarlo al Santo Padre, a quien dejaron en balanza para displacer a unos o a otros, pues lo comprometieron con la política oficial.

En este estado las cosas, como dicen los abogados, quedó el país, luego de un largo proceso, que terminó en forma extrarrápida, de apariencia dictatorial. Cesaron las facultades del Congreso y acrecieron las del gobernante. Fue el año en que terminó la confrontación armada pues se hacía innecesaria, después de los apretones de mano. Fue, muy posiblemente, el año de la paz, pero también puede verse como el año en que alguien ganó la guerra. Y, colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

 

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