Por: Jaime Arocha

Fundamentalismo y daño cultural

El 20 de noviembre de 2016, La Silla Vacía publicó un informe sobre la amenaza que se cierne sobre las parteras ancestrales del Afro-Pacífico sur.

(Ver artículo). Diversas iglesias cristianas las consideran hechiceras y les prohíben su oficio, en contraste con el proceder del Ministerio de Cultura que lo incluyó dentro de los patrimonios inmateriales de la Nación. Esa exaltación tiene que ver con una prolongada formación autóctona en etnobotánica, combinada con aprendizajes dentro de un catolicismo centrado en el culto a los ancestros, conforme a la matriz africana que lo adaptó a la lucha contra la esclavización y el racismo. De ahí que casi todas las parteras también desempeñen papeles destacados en las ceremonias fúnebres: cantaoras de alabaos y gualíes, o arquitectas de altares con una estética de jeroglíficos para la comunicación con Cristo, la virgen, santos y santas patronales. Según el mismo informe, las parteras han sido particularmente vulneradas por el conflicto armado, ya sea debido al desplazamiento de sus familiares o de ellas mismas, y han encontrado refugio en los cultos cristianos, para luego hallarse ante la condena de las carreras ceremoniales y médicas que les han dado sentido a sus vidas y a las de las comunidades que han servido.

No es nueva la disputa por la legitimidad y valía de las prácticas católicas que memorias de África central y occidental han remodelado. Entre 1992 y 1996, en el Baudó, mujeres evangélicas saboteaban la liturgia fúnebre recitando a gritos salmos bíblicos y, un poco más adelante, los paramilitares prohibieron ceremonias de velorio y última noche de la novena mortuoria. Para gente tan devota de sus antepasados, esos saboteos y prohibiciones debilitan los vínculos que la cementan y coadyuvan a que, luego del destierro, el retorno sea improbable. De ahí que entre agosto y noviembre de 2008, en la exposición temporal Velorios y Santos Vivos, sacerdotes de la pastoral afrocolombiana y de la religión de los orichas hubieran sacralizado la sala de exhibiciones temporales del Museo Nacional para que quienes no hubieran podido despedir a sus muertos, les hicieran ofrendas apropiadas. Sin embargo, hubo visitantes cristianos para quienes los altares fúnebres o de santo que representaban la diversidad bautista raizal y afrocatólica eran precisamente manifestaciones de brujería y no de una espiritualidad profunda de gran refinamiento estético.

La demonización de la partería o de la liturgia fúnebre tiene efectos profundos sobre las identidades afrocolombianas y conforma la violación que la Corte Interamericana de Derechos Humanos cataloga como “daño cultural”. Por el dolor causado y la complejidad de su reparación, lo separa del daño moral y del ambiental. Quizá futuras demandas por esa contravención a los derechos humanos frenen la creciente derechización local y mundial.

* Miembro fundador, Grupo de estudios afrocolombianos, Universidad Nacional.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Jaime Arocha

Fascismo

Conexión rural

Terrible, el Iván

Agua, cuerpo y tierra

Afropacífico de agache