"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 3 horas
Por: Columna del lector

Gabo, detrás del Nobel de Bob Dylan

No sé hasta dónde pudo incidir en la determinación de esos “doce buenos señores de la Academia Sueca”, como los llama Manuel Drezner, la relectura del artículo que Gabriel García Márquez escribió el 11 de noviembre de 1981 sobre Georges Brassens.

El maestro Isaías Peña, en su doble condición de experto profesor de literatura y escritor, aduce que Dylan ya había ganado el Cervantes y otros premios literarios teniendo en cuenta su profesión musical, pero, sobre todo, su condición de compositor y creador de letras superiores a las de poetas famosos. Y agrega: “…haber pertenecido a los movimientos sociales de los años sesentas –nunca estuvo de acuerdo con la invasión a Vietnam, por ejemplo–, le dio a sus letras una fuerza especial, que él enriqueció con sus personales virtudes musicales y, por tanto, doblemente poéticas.

En una de las tantas discusiones literarias, alguien preguntó cuál era el mejor poeta de Francia y Gabo dijo que era Georges Brassens. Algunos de los presentes nunca habían escuchado ese nombre. “Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además tenía razón”.

Georges Brassens, hijo de un albañil, cantautor maltratado en la escuela, germinó en su corazón la semilla de la anarquía. Ese odio a la autoridad y a las normas establecidas sustentó sus canciones, sus frases y sus versos más hermosos. “Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte lenta”. “El tiempo es un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasa no vuelve a crecer jamás el amor”.

Escuchar a Brassens, es recordar la música protesta que inspiró movilizaciones, liberaciones y fuego sagrado a la que tanto debemos las generaciones posteriores a los hippies, al rock and roll, a la rebeldía y a la ciencia esa que nos libera y que al alcalde de Cartagena no le sirve. Reconocer a Dylan como premio nobel de literatura es extenderles a Brassens, a Piero, a Pablus, a León Gieco, a Silvio, a Alberto Cortés, a Chabuca, a Mercedes, a Jara y a todos esos poetas enormes que desde siempre entendieron que los versos con música elevan la poesía a la doble condición de último escalón hacia la eternidad y al lobby del placer celestial.

“Siento como si estuviera golpeando en las puertas del cielo”.

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