Por: Rafael Orduz

Globalización, tecnología y política

El 2016 sorprendió por la ruptura, en política, de un modelo liberal que parecía consolidado. Los triunfos del Brexit y de Trump, así como el avance de fuerzas retrógradas en Europa, dejaron en el suelo la industria de las encuestas.

Las pancartas contra la inmigración están a la orden del día. Los supremacistas blancos en los EE. UU. se identifican con el presidente electo. La señora Merkel se vio obligada a rechazar, en ciertos contextos, el uso de la burka. Sin inmutarse, Trump dice que nadie ha probado que el cambio climático existe y pretende un imposible retorno a la “industria nacional” para revivir, entre otras, las viejas siderúrgicas y las productoras de carbón.

¿Por qué ocurren hechos que rompen la necesaria colaboración entre seres humanos diferentes en raza, etnia o religión? Thomas Friedman, el autor de La Tierra es plana (2004), acaba de lanzar un libro que propone una respuesta (Gracias por llegar tarde, 2016).

Hay, según Friedman, tres aceleradores que interactúan entre sí y determinan el movimiento de la sociedad y la economía: la tecnología, la globalización y el cambio climático. Las mutaciones resultantes ocurren a velocidades vertiginosas. El lío: los seres humanos, sus organizaciones, su sistema educativo y su aparato normativo no tienen la capacidad de adaptarse oportunamente y reaccionan como en el 2016.

El cambio tecnológico ocurre a escalas exponenciales. Cirugía realizada por robots, computadores inteligentes, carros que se manejan sólos, clonación genética, internet móvil de alta velocidad a granel, plataformas que derriban viejos modelos de negocios (tipo Uber, Airbnb) y que pronto serán sustituidas por otras, son apenas algunos hitos de lo que está ocurriendo o está por venir.

En cuanto a la globalización, no hay nada que hacer: comercio, finanzas, flujo de información, redes sociales, cadenas de suministro, multinacionales, cultura… Imparables.

Finalmente, el cambio climático resulta de los dos aceleradores mencionados. Sin embargo, puede hacérsele frente justamente con la tecnología, resultante, a su vez, del progreso científico. Y con la cultura.

Somos cada vez más interdependientes… y vulnerables.

El gran problema radica en que no nos podemos adaptar a la velocidad del cambio. Los políticos del populismo y la demagogia surgen, justamente, de imágenes nostálgicas del pasado. ¡La industria nacional! ¡Cuando éramos, casi todos, blancos! El tema en EE. UU.: según Friedman, en 2020 el 65% de los puestos de trabajo requerirán de alguna formación terciaria. Ya, hoy, el 47% están amenazados de ser sustituídos por computadores inteligentes (no por los musulmanes). Los damnificados son los votantes básicos de Trump.

Estar a la altura del cambio requiere, en primera línea, de la colaboración entre seres humanos diferentes. Es obligatoria, así Trump tenga el poder de decir barbaridades… por ahora. Y de una educación orientada a aprender toda la vida, con el fin de asimilarnos a los cambios.

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