Por: Jorge Eduardo Espinosa

Gonzálo Guillén y Cristina Plazas

El derecho a la calumnia.

Y el derecho a la ofensa. El escenario es conocido: un periodista hace en su cuenta de Twitter unas acusaciones muy graves contra un funcionario del Gobierno. El caso involucra a miles de niños que, en los últimos años, han muerto por desnutrición en La Guajira. Cada mes, cuando la cifra de muertos aumenta, hay una pasajera indignación digital, hay editoriales furiosos en los periódicos, hay entrevistas llenas de promesas en la radio, informes de televisión con imágenes aterradoras de niños que parecen en campos de concentración. Sabemos lo que allí pasa porque un reportero decide contarlo, alertar sobre ello, escribirlo en un periódico, narrarlo en la radio. Bien lo ilustra la famosa frase de George Orwell, “periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques, todo lo demás es relaciones públicas”.

Este periodista, el de la cuenta de Twitter, ha hecho eso y mucho más por mostrarnos lo que pasa en La Guajira, por denunciar a las mafias, a los corruptos, a los políticos que son cómplices de la muerte de miles de niños. Su incansable trabajo lo ha puesto en la mira de criminales que lo quieren matar, que se sienten amenazados por su ejercicio periodístico, que prefieren el silencio. Y sus lectores y colegas lo admiran por eso, por publicar lo incómodo, lo que el establecimiento preferiría mantener oculto. Y entonces pasan los meses y los años y nada cambia. Las mismas mafias con distintos nombres van mutando y todo sigue igual: las regalías en manos de unos pocos, los contratos de alimentos escolares adjudicados a las cuotas de algún criminal que se hace pasar por senador. El cinismo.

Y pasamos de las denuncias serias a la ofensa. ¿Debe un periodista acusar de corrupta y criminal a una funcionaria sin presentar las pruebas que lo sustenten? En la otra orilla, ¿debe la funcionaria, alegando calumnia y acoso, interponer una tutela para que cierren la cuenta del periodista? Y en segundos, como ocurre todo en las redes, la noticia pasó de ser la muerte de niños en La Guajira, al pataleo de una funcionaria y la furia de un periodista que se siente víctima de censura. Algunos, defendiendo a la funcionaria, dicen que ella ha desmantelado redes de corrupción. El periodista contesta que no, que ella hace parte de la corrupción. Un lector dice que la funcionaria persigue al periodista porque gracias a él, el país supo lo que pasa en La Guajira. Otro contesta que no, porque no ha sido el único periodista que lo ha denunciado, y aquellos no tienen el mismo problema.

Espiral de silencio. Una cosa es que la acusen de inepta, que sin duda lo es, y otra distinta que la acusen de corrupta y de cómplice de una Bacrim en la muerte de cientos de niños. Con razón, algún tuitero pregunta al periodista si tiene pruebas. La funcionaria, mientras tanto, trata de justificar su tutela. Y uno, a la distancia, percibe que está más preocupada por el Twitter del periodista, que gasta más energía pensando en eso, que en los cuatro bebés muertos por enfermedades asociadas a la desnutrición en los últimos 50 días. El trabajo del periodista Gonzalo Guillén ha sido fundamental para destapar la porquería que castiga a La Guajira. Su determinación merece el apoyo de todos sus colegas. Y sin embargo, lo que alguien denominó “modales periodísticos” sí importa en este caso. E importa porque, de otra manera, escurrir la responsabilidad es fácil, desviar la discusión “matando” al mensajero se convierte en la mejor arma de defensa. Ignoro si Guillén puede probar que la señora Cristina Plazas es una corrupta. Sí sé que, en el caso concreto de Plazas, lo que ha escrito no pasa de ser una sospecha, una acusación muy grave que, de comprobarse, sería terrible para este Gobierno.

Orwell tenía razón. Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que se publique. Pero eso debe ir más allá de la simple acusación. A muchos enfurece lo que pasa en La Guajira, todos criticamos al gobierno Santos cuando trató de restarle importancia a la muerte de los niños, pero eso no nos da derecho, periodistas o no, a calumniar y señalar de corrupta a una inepta. Dicho esto, prefiero la furia tuitera de Guillén, que la tiranía del silencio que Plazas pretende con su tutela.

@espinosaradio
 

 

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