Por: Jorge Eduardo Espinosa

Gracias, La La Land

Ella duerme mirando a Ingrid Bergman. Él sueña con Miles Davis. Ambos miran el presente con los ojos nostálgicos del pasado.

Mia y Sebastian, los protagonistas de La La Land, última película del genio de 31 años Damien Chazelle, el mismo que nos sorprendió en 2014 con la fuerza e intensidad de Whiplash. Ya no estamos en las calles y los bares de jazz de Manhattan, ahora bailamos bajo el sol en la ciudad de las estrellas: Los Ángeles. Mia, que rodea su vida con imágenes de Clark Gable y Humphrey Bogart, se cruza con Sebastian, que idolatra a Louis Armstrong y tiene vinilos de Count Basie. Ella es una aspirante a actriz que, recuerda mientras camina, recreaba escenas de películas clásicas al lado de su tía, la misma que desnuda se lanzó al helado Sena. Él es un músico que pasa sus mañanas mirando desde el otro lado de la calle un antiguo bar de jazz convertido, horror, en un lugar de tapas y de samba. Ella sufre cada audición en la que lo único que parece no importar es el talento y la pasión. Él siente en lo más profundo de su corazón que el jazz, que se oyó por vez primera en un tugurio oscuro y húmedo de New Orleans, agoniza y muere.

Vi, con una emoción cercana a las lágrimas, cada escena y cada diálogo de este musical como una reivindicación del cine y de la música. Mia y Sebastian, después de varios encuentros desafortunados, descubren mientras bailan y hablan de cine que sus vidas están del mismo lado de la calle. La vemos a ella hablando del balcón donde Bogart y Bergman se encontraron en Casablanca; a él contando cómo el descaro musical de un tal Louis Armstrong había cambiado para siempre la historia del jazz. Los vemos a ambos enamorándose mientras descubren, mutuamente, sus complicidades. Allá, al fondo, vive Los Angeles, con sus viejos cines para nostálgicos en los que las películas fallan, con sus calles adornadas de imágenes de Chaplin y Cary Grant, con sueños que a cada segundo se desvanecen para nunca volver. El cine, a veces lo olvidamos, todo lo permite. Y Chazelle, sabio a sus 30, lo entiende. Mia y Sebastian. Ella viste color pastel y mocasín blanco con negro. Él lleva pantalón oscuro, camisa blanca, corbata delgada y zapato de baile. Y bailando tienen su primera conversación bajo la noche de la ciudad de las estrellas y los sueños. Chazelle logra, con todos los méritos, que la generación de nuestros días, tan poco habituada al género musical, se enamore de las coreografías, de las canciones que acompañan las escenas, de la maravillosa complicidad entre los dos.

Es una historia sobre el amor, sí, pero también sobre los sueños y la fragilidad de las decisiones. Porque la vida, con frecuencia, no es lo que uno sueña, sino lo que le toca. A pesar de la velocidad de las ciudades que nunca duermen, del afán por tenerlo todo así el costo sea rendir los sueños, La La Land reivindica otras posibilidades.

Siempre podremos enamorarnos de otra manera, a otro ritmo, con otras complicidades. No importa si a usted le molestan los musicales, si siente que es mejor gastar la plata y el tiempo en la película de acción de la semana, mejor atienda esta recomendación y atrévase por La La Land. Sea cómplice de Mia y de Sebastian, que siempre se mirarán diciéndose: yo, que un día te quise siempre.

@espinosaradio

 

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