Por: Ignacio Zuleta

Guillermo Cano: 30 años de lesionada humanidad

Cuando este sábado 17 de diciembre se cumplan los 30 años del asesinato de don Guillermo Cano, su crimen seguirá aun impune.

La libertad de expresar lo que se piensa es, desde Grecia, uno de los fundamentos en la lucha contra la tiranía de los Estados, de los gobernantes, de las mafias y de los abusos de quienes detentan un poder con el fin de acallar incómodas verdades o de manipular y desinformar para su propio beneficio. Los periodistas siguen siendo víctimas; los asesinatos de los comunicadores, los chantajes a la profesión y las amenazas recurrentes hasta obligarse a la censura son comunes y no cesan. Así, quizás el legado más importante de este periodista valiente y decidido es  la ética de insistir con la verdad a riesgo de la propia vida. (Vea el especial 30 años sin Guillermo Cano)

Don Guillermo nos dio ejemplo en su vida personal y pública de lo que significa hacer periodismo guiado por principios inviolables, a diferencia del alharaquiento, abusivo y sesgado periodismo de hoy en día, en el que, a gritos, el comunicador vende su alma al diablo por el rating exigido por los dueños. Pero hubo épocas mejores: modestas eras de oro en las que la honestidad y la imparcialidad prevalecían como premisa. Se trataba de una forma de heroísmo por defender ideales como la libertad de expresión y la independencia de criterio. Se daba, como en el caso de Cano, una lucha activa contra las distorsiones sempiternas de las sociedades arrastradas hacia su propia destrucción por movimientos viles y ambiciones desmadradas que no son el ideal de comunidades más o menos rectas, equitativas y pacíficas. (Vea algunos textos de Guillermo Cano)

En la memorabilia de estos días seguramente habrán advertido los lectores que don Guillermo Cano es un símbolo excelente de lo que podría volver a ser la profesión. Un periodista, aunque se especialice en ciertas áreas, arroja diariamente su mirada panorámica sobre los eventos que serán historia, los hechos y personas que afectan a su comunidad, los avances del hombre y la mujer o las inquietudes de un conglomerado de personas sobre tópicos de relevancia en la nación y el mundo.

Quizás, por ejemplo, una de las actividades investigativas de más vigencia para el milenio nuevo —en la que el periodista se adelantó décadas a las preocupaciones actuales— fue la del proyecto “Magdalena Arriba”. El bote La Caracola recorrió el río Magdalena en una expedición cuyos detalles consignó Guillermo Cano en su “Libreta”, con ojos atentos a la realidad inmediata de este cauce —arteria literal de este país que hemos maltratado hasta agotarla—. Tomaba nota para servirnos de testigo y contarnos lo que su mente abierta había captado para crear “conciencia de la reforestación masiva como un medio para garantizar caudales y fuentes de agua suficientes para que el río no se muera de sed…” Ese tipo de escrutinio cuidadoso le habría de costar luego la vida cuando con el mismo celo le siguió la pista al otro cauce que casi nos anega por completo: el del narcotráfico infiltrándose por las grietas de la sociedad y del Estado. Ciertamente su homicidio es un caso de humanidad herida que aún sangra, pues la Justicia durante 30 años ha sido incapaz de identificar a los verdaderos autores intelectuales de este crimen.

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