Por: Augusto Trujillo Muñoz

Guillermo Cano y El Espectador

Austero y culto, Guillermo Cano Isaza fue un condotiero de la inteligencia.

Como tal lo recuerdo y así lo escribí en mi columna de este diario, el 21 de diciembre de 1986, bajo el impacto de su asesinato, ocurrido pocos días antes. Hoy quiero hacer memoria del director de El Espectador que yo conocí, y relacionarlo con lo que ha sido mi ya larga vinculación como columnista del periódico.

 Al enterarme de su asesinato llamé a dos líderes de mi departamento por los cuales profesé no solo admiración sino afecto. A ellos debo el privilegio de haber conocido a Guillermo Cano: Alfonso Palacio Rudas y Rafael Caicedo Espinosa. Dirigentes insignes del Tolima y orientadores de mi generación, fueron –como Guillermo Cano– devotos adalides de la ética pública. Ambos me sirvieron de puente para escribir en este diario y Rafael Caicedo me acompañó a la oficina de don Guillermo Cano, para presentármelo personalmente. Por entonces yo vivía en Ibagué y, desde allí, enviaba mis columnas cada semana. Salvo a José Salgar, no conocí a nadie más en el periódico. Pero desde entonces, con la intermitencia de un poco más de un lustro, mantengo este vínculo que me enorgullece como colombiano.

Durante aquella discontinuidad ejercí un tiempo la política y luego el periodismo en otro medio de la capital del Tolima. Regresé a El Espectador hacia el final de los años noventa, gracias a la amable invitación de su nuevo director Carlos Lleras de la Fuente. Quince años después sigo escribiendo –como diría el Cofrade, en forma hebdomadaria– sin solución de continuidad alguna. Me resulta grato pertenecer a la familia del periódico. De hecho, con Fidel Cano Correa, El Espectador mantiene su linaje intelectual, su importancia periodística, su independencia crítica.

 Algo de ello creo haberle aprendido a Guillermo Cano. Por eso quiero  recordar hoy lo que escribí el día de su muerte, como testimonio que demuestra hasta dónde las apuestas éticas son invulnerables. No está escrito en ninguna parte, pero el periódico mantiene la línea histórica que se propuso su fundador cuando apuntó que El Espectador trabajará por el bien de la patria con criterio liberal y por el bien de los principios liberales con criterio patriótico.

 Gran Quijote de esa lucha fue, por supuesto, Guillermo Cano. Un hombre trasparente, ilustre, crítico. Una vida limpia puesta al servicio del periodismo y de la democracia. Defendió siempre los más altos valores de la nacionalidad y ayudó, con su inmensa fuerza moral y su lúcida capacidad de análisis, a construir un destino mejor para la República. Independientemente de su actual conformación empresarial, el diario se mantiene en ese que, para fortuna de Colombia, ha sido su compromiso histórico.

Parecería que, de alguna manera, Guillermo Cano orientara desde lejos sus pasos. No sólo porque en la persona de su actual director se prolonga su estirpe, sino porque en los propósitos institucionales de El Espectador sigue presente la idea de defender los principios esenciales que nutren el imaginario de una comunidad que no tranza con ninguna cultura de los antivalores. En ese sentido Guillermo Cano, desde las sombras eternas, debe sentirse orgulloso del periódico al cual entregó toda su fuerza vital.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

 

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