Por: Julio Carrizosa Umaña

Hambrientos y sedientos

Estos ecosistemas tan “ricos” no han sido suficientes para calmar el hambre y la sed de todos.

Las aguas abundantísimas del Chocó, el sol y el mar maravillosos de La Guajira, los excelentes suelos de la Sabana de Bogotá, del Valle del Cauca y del Sinú, la megabiodiversidad en todo el territorio colombiano, los paisajes de Colombia Salvaje no han logrado evitar el hambre y la sed de los pobres. Por eso tampoco el hambre y la sed de justicia y de paz de los colombianos están satisfechos, como lo demuestran las multitudes furiosas del Chocó, la ira de los wayuu y las revueltas de los habitantes de las calles de Bogotá.

La izquierda dice que esto sucede debido al mal uso que las élites le han dado al territorio colombiano. En la derecha se encuentran dos explicaciones principales: una la determinista racial que surgió desde la colonia y fue explicada detalladamente por Laureano Gómez en la década de 1920, otra más reciente que atribuye los fracasos al caos producido por la subversión política y el narcotráfico.

Hay una explicación ambiental hoy poco difundida que se fundamenta en un análisis integral de la situación que es coherente con los conceptos presentados por Francisco en la encíclica Laudato Si. Según esta interpretación, las causas son múltiples y una de ellas es la complejidad física, química y biológica del territorio colombiano, complejidad que se confunde con el concepto de “riqueza” aplicado al conjunto de ecosistemas que constituye la estructura del territorio que llamamos Colombia. Esta equivocación es antigua, surge inicialmente de la abundancia relativa de oro encontrada por los conquistadores europeos, fue fortalecida por los imaginarios correspondientes al pensamiento ilustrado que guiaba a la monarquía borbónica que reino en España a partir de los inicios del siglo XVIII y se consolidó después mediante la propagación de las ideologías utilitaristas.

Si el territorio no es muy “rico” sino muy complejo, es necesario construir modelos que amplíen los que hasta el momento se han utilizado para definir, desde la derecha y la izquierda, las políticas públicas. No se trata de revivir el determinismo geográfico; esa extrema complejidad no ha inducido una sociedad compleja. Ha promovido, como reacción, un conjunto de estrategias que intentan simplificar la realidad, entre ellas la violencia, el odio, la trampa y el terror. Estas estrategias dominantes hoy son las que es necesario reemplazar por aquellas que, como el conocimiento y la amistad, generan el buen vivir.

Buscar columnista