Por: Lorenzo Madrigal

Hechos reales, casos cerrados

La historia se lleva a los hombres importantes como en una ola hacia dimensiones desconocidas.

Dicho así porque literalmente no se les reconoce luego por cuantos fueron sus contemporáneos o supieron de ellos tempranamente.

Es el caso, por ejemplo, de nuestro querido amigo Jaime Garzón, dolor de los suyos y de sus amigos y del pueblo de Colombia que llegó a tener en él un escape al regocijo y también, aunque en menor medida, una denuncia. En ridículo sí quedaban a su paso muchas figuras y costumbres nacionales.

Pero Jaime no es un símbolo del comunismo ni de la izquierda política propiamente tal. Víctima fue de fuerzas de extrema y de la absoluta confianza en sí mismo, lo que no excusa a los victimarios. Hoy luce su imagen en la Universidad Nacional, al lado del Ché Guevara.

Pero quería referirme a Jorge Eliécer Gaitán, víctima el 9 de abril de 1948 de tres pistoletazos a la salida de su oficina sobre la Carrera Séptima. Era el jefe liberal, iba a ser el candidato y el presidente, aunque con gran resistencia en su propio partido, conducido hasta entonces por dirigentes aristocráticos. Jorge Eliécer, como se sabe, era un caudillo social, popular como pocos, la identidad misma de su pueblo (“No soy un hombre, soy un pueblo”).

Pero de ahí a pensar, con la mayoría de historiadores de izquierda y comunistas, que Gaitán era de los suyos, hay un bache profundo. Me llevó a hacer este comentario un reciente reportaje del por todos admirado Pepe Mujica, el austero y ejemplar presidente, que fue, del Uruguay.

El Pepe, como es lugar común en personas de su credo social, dice, muy de paso, que el líder colombiano levantó la voz por las reivindicaciones sociales y cayó asesinado. Es la conclusión más fácil, está dado el contexto, y no se duda al respecto. La historia lo instaló en ese nicho, constructora de todas las teorías de la conspiración que han existido y que hacen fácilmente comprensibles sus relatos.

Ni el Partido Conservador en el poder, a quien primero se acusó del crimen, podía estar interesado. Un presidente de la bonhomía de Ospina (así la ola histórica también lo haya desfigurado) y todo su gobierno estaban en lo que era una grande misión: llevar a cabo con éxito la Novena Conferencia Panamericana. La presencia en la ciudad de grandes personajes internacionales (George Marshall ) y el afán por su seguridad no hubieran permitido concebir una revuelta que un magnicidio de esta categoría produciría y produjo.

Interesaba más bien al Comunismo Internacional sabotear la Conferencia que se declararía en su contra y poner en riesgo la vida del Secretario de Estado norteamericano, por ejemplo.

Los pormenores históricos son desechados si la corriente dominante, la ola, se lo lleva todo consigo y produce el resultado contundente, por demás creíble: Gaitán luchó por las reivindicaciones populares y fue asesinado. Y punto.

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