Por: Lorenzo Madrigal

Historia de Navidad

Algo que por fin alegra. Caben reflexiones, pero, ¡bravo! Nuestro presidente, no por desgracia Alberto Lleras, es premio Nobel de Paz y todo el espectáculo, de enorme exquisitez europea, es seductor.

Un mediodía en el recuerdo, nos hallábamos, como algo excepcional, varios periodistas de distintos medios que habíamos sido convocados a la sede misma del poder y mientras conversábamos, un joven, entonces de buen ver, en giro mágico de manos desplegó un cofrecillo dorado —o pitillera— portador de cigarrillos de marca. No los fumé, aunque era época de fumadores, porque de esos me mareaban. Se llamaba Juan Manuel Santos, queridísimo tipo y a simple vista ambicioso.

Era entonces presidente el más sencillo y amable de cuantos han sido y llegó a sentarse por un instante en el brazo del sillón que yo ocupaba; hice el gesto de pararme, pues nunca he tenido las posaderas de la República en mis hombros. Fui hundido en represalia amable dentro del cuero inflado de aquel mueble presidencial.

Santos siguió su curso y, bueno, yo el mío, sin mayor interés, en medios dispares dentro del periodismo liberal de la época. Nada más ocurrió hasta que el barbirrubio periodista puso en marcha su motor de aspiraciones. Sus poderosos hermanos periodistas no pudieron aplacarlo y empezó a medirse en las encuestas, en las que competía con el margen de error. Desde mi trinchera, que él mismo consideraba amiga, nos burlábamos de su ambición, a la verdad no tan loca, toda vez que contaba con el gran poder de la prensa que lo sacó finalmente de los lingotes y lo trasplantó, de una, a la designatura a la Presidencia.

Fue ministro, fue presidente de quien había sido ministro. Saltó el vallado de continuidad que los presidentes exigen a sus sucesores y una vez en el mando, prolongó legítimamente su estadía y se dejó absorber por la ideología de su hermano, mayor en edad y en estructura mental, y arriesgó por el camino seductor de los vecinos, no importa si dictadores, que innovaban un socialismo de rostro populista. Se sumó al rebaño de discípulos de Fidel, quien nunca acababa de morir.

No triunfaba en lo interno, pero se impuso, con la cohorte de dirigentes que acompañan siempre a los gobiernos por toda clase de intereses. Triunfó más que todo en el plano internacional que supo trabajar con increíbles artes y enarbolando la paz; él con la astucia y su hermano con ideas próximas a la izquierda, susurrándole al oído.

Viéndolo, muy majo y muy tieso, diría que demasiado, con buen discurso y vocalización, frente al rey Harald de Noruega, con su bonita familia, con sus amigos cercanos (30 que le permitió el protocolo), no pude menos de pensar que, pese a haberse saltado todos los obstáculos de la democracia, como el de los adversos resultados electorales, encontró en aquella pitillera de oro el talismán de su triunfo personal.

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