Por: Arturo Charria

Historias de amor que no terminan

Ante el horror, el amor se levanta como el viento sobre la copa de los árboles.

La desaparición forzada es quizá el peor de los crímenes entre el repertorio de violencias de nuestra guerra; es la materialización del horror y la sevicia. Es una culpa de la que no somos conscientes como sociedad y es también, aunque resulte difícil decirlo, la expresión más grande de amor que he visto en un ser humano: la dignidad de quien busca, aunque tenga la certeza de no encontrar más que un puñado de huesos que se hacen polvo cuando los toca el viento.

Hace dos días, el Centro Nacional de Memoria Histórica -CNMH- lanzó su sexto informe sobre la desaparición forzada en Colombia: “Hasta encontrarlos”. La cifra, que no escandaliza, pasó de largo entre el ruido de la lluvia de los últimos días: 60.630 personas. Si intentáramos usar el Estadio Metropolitano de Barranquilla para sentar las ausencias de nuestros desaparecidos, tendríamos que hacer otro piso, porque quedarían por fuera del estadio 14.000. En Colombia existen 1.122 municipios y, según cifras del DANE y del DNP, el 91% de estos tienen menos que la cifra revelada por el CNMH. Así, es como si de golpe todas las calles de Cajicá, Baranoa, Pamplona o Puerto Asis fueran vaciadas: colegios sin estudiantes, casas sin familias, bares sin amigos, iglesias sin feligreses, todo vacío, en silencio, espacios en los que todos los relojes se han quedado suspendidos en el tiempo.

¿Es posible representar la desaparición? Sí. La primera nos habla del horror, la segunda del amor. Camisetas, zapatos, calzoncillos, pantalones y pantalonetas, todas prendas desgarradas y con un color que siempre se tiñe de café por los años que llevan bajo tierra. La Fiscalía General de la Nación, junto al Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses llevan años publicando de manera física y virtual, listados de prendas que se convierten en un catálogo para miles de personas que llevan años buscando a un esposo, una hermana, una madre o un hijo. Esas prendas están en fosas, en cementerios clandestinos, enterradas o acompañan bolsas de cadáveres que fueron arrojadas a los ríos del país.

La segunda representación es una fotografía, principalmente en blanco y negro. Son carteles que se sostienen sobre retablos de madera, que desfilan como una procesión infame ante un Dios que no estuvo o ante un Estado para el que nunca existieron, ni siquiera nombrarlas numéricamente. Esos rostros son la extensión de un amor que no termina. En esos rostros la mirada siempre es fija y no se cierra, no parpadean aunque el viento sea pesado y la lluvia arrecie horizontalmente.

Ese amor no termina y a veces se confunde con el dolor que producen las trampas de la imaginación. “Durante muchos años, en las noches más largas, pensaba en las distintas formas en que pudieron haberlo matado”, me contó Ana Natalia un día mientras hablábamos de William, su esposo desaparecido en el Catatumbo.

El poeta rumano Paul Celan decía que en Auschwitz “el cielo era fosa” porque se intentó borrar el rastro de la barbarie. En Juan Frío, Norte de Santander, también se construyeron hornos para desaparecer la identidad de más de 500 personas. A veces, mientras camino por cualquier calle y siento un soplo en el viento que solo parece tocar mi cuerpo, no puedo evitar pensar en esas presencias que siguen vivas, aunque ya no tengan cuerpo que las habite. Siento el soplo de ese amor y de ese rostro que nos quisieron negar, pero que comienza a renacer cuando la memoria los nombra.

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