Por: Enrique Aparicio

Holanda respeta y cuida a las prostitutas

El expreso se estaba enfriando. Sentado un domingo en un café en Ámsterdam escogido al azar, miraba pasar la vida.

Una pareja joven caminaba  con sus dos hijos: el pequeño de unos siete años, inquieto y corriendo delante de los papás,  saltaba como una liebre por entre la gente.  En ese momento pensé que era una escena familiar, normal, aunque estaba en el Barrio Rojo de Ámsterdam.  O sea, en buen romance, el barrio de las putas. 
Pero  lo extraño es que no podía identificar algo sórdido, empujado de lujuria, vicio o sexo.  Más bien sitios tranquilos, con almacenes, galerías de modistos jóvenes, tiendas de comestibles, librerías y, lógico, las “vitrinas”.  La mayoría de la gente caminaba o se movilizaba en bici sin percatarse mayormente de las “haditas en las vitrinas”,  salvo los turistas curiosos con miradas suspicaces. 

Mi novia llegó donde estaba yo y escuchó mis comentarios.

-Tengo una idea investigadora –dije sin mayor fuerza-.Mira, voy hasta la esquina y en la vitrina roja que ves allá, a 30 metros, puedo preguntarle a la “hadita” cuánto cobra.  Es sólo material para el artículo, mi alma de reportero está brincándome.

-Muy bien Enrique –me dijo mirándome con ojos glaciales-. Tu eres madurito y verás lo  que haces.  De mi parte, si en los próximos diez minutos no estás aquí te ahorcare, obvio,  con mis propias manos.

Salí con aire muy profesional.  Organicé una serie de preguntas en mi mente: ¿cuánto me cuesta esto, que más ofrece? Y así sucesivamente.  

Me acerqué a la “hadita” que estaba en la vitrina en proceso de pintarse las uñas.

-Sorry, how much? 

-Depende de lo que quiera -me dijo en perfecto español.

Y así recibí información con el menú del caso. Me despedí como alguien que iba a seguir mirando.  

-Bueno, le dije a mi novia, diez minutos.

-Y 45 segundos.

-Oye.  Hablé con ella.  El precio varía pues hay diferencias: el griego, latino a caballo, el universal.  Es de familia italiana y me asegura que estudio en el conservatorio de Milán y por eso ha incluido en el menú: “tropo vigoroso”, “lento appasionato” y tocata de violín a cuatro manos.

- ¡¡¡Por favor Enrique!!!

***

Hace un tiempo leí en un importante medio de comunicación español que alguien relacionado con la alcaldía de Barcelona, nada más ni nada menos iba a acabar con la prostitución.  Pero al leer la noticia me sumergí en el artículo pensando en todos los arrestos que habría.  Vi la oportunidad de recibir respuestas a mis interrogantes. Me imaginé redadas contra: esposos infieles; maridos que posan de ángeles y luego de un almuerzo horizontal se van para la casa a repartirle moral a su mujer; los que no pierden la cita de las once de la mañana los martes para llegar a casa frescos, relajados y “sin mancha”;  borrachitos que después de pasar una velada echando contra el clero deciden ir a demostrar su independencia para pecar en forma, como lo manda la Santa Madre Iglesia cuando es la hora de ganarse el infierno; solitarios a quienes les queda más fácil pagar que conquistar;  el ejecutivo de viaje que llega cansado al hotel, después de haber oído durante 10 horas seguidas al jefe que lo acompaña, y concluye que la mujer que está al otro lado del bar haciéndole ojitos se ha enamorado de él a primera vista y desea la intimidad para entregarle su corazón  “a este alto y oji azul”, quien luego se sorprende que su Dulcinea le pida 400 dólares para pagar el taxi de devuelta. Hombre, el transporte.

En fin, esta variopinta multitud hace parte de quienes solicitan los servicios de las  “haditas de la noche” y por lo que la profesión existe. 

En Holanda, un país al que le tengo gran admiración y donde  vivo hace muchos años, este tipo de temas los manejan cogiendo el toro por los cuernos. Nada de aguas tibias.  Vayamos al grano: aquí la prostitución es legal desde 1830.  La trabajadora sexual ejerce un oficio respetado como tal. Tiene derecho al seguro médico como todo holandés  y a los beneficios que el Estado ofrece en salud. Lógico tienen que pagar impuestos; además existen instituciones para ayudarlas a cambiar de profesión, para ayuda psicológica -algo que también los banqueros necesitan-, en resumen estamos hablando que la Ley está amparando a los suyos sin ambages ni hipocresías.  No se trata de ciudadanos de segunda clase. Aquí nadie está sosteniendo que es para: “Querida hija después de todos estos años de estudios me encanta que hayas escogido la profesión de trabajadora sexual.”  No, pero existe y el tema tiene que respetarse y darle una cabida en la sociedad.  En 2014 en Ámsterdam abrió un Museo de la Prostitución, algo único para conocer desde “dentro” el mundo de las personas que se dedican a este oficio y entender su día a día (ver algunas imágenes en You Tube).

El You Tube muestra algo sobre Ámsterdam  y un recorrido en bote por la ciudad de los mil universos.
 

Que tenga un domingo amable.

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