Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Hombre tigra

El cuento viene desde Indonesia. Margio, un muchacho de 20 años, sueña a veces con matar a su padre. Dice tener una tigra blanca por dentro. Explica que cuando coge rabias, siente corrientazos en la coronilla y la frente, como si la tigra quisiera salir, furiosa, de su cuerpo.

El autor, Eka Kurniawan, va explicando los eventos y días que precedieron este deseo. Todo, los lugares, animales y personas parecen tan ajenos a nosotros. Son otros los sabores y los ritmos. Otras las formas de descansar, de cocinar los guisos y la leche del coco, de querer a los hombres y de rezar a los dioses. Pero entre las páginas del libro van apareciendo semejanzas. El aire salado de por la mañana, las papayas, la lluvia de clima caliente, las motos aceleradas entre las trochas, el pasado reciente de guerras y las plantaciones de cacao con olor a fermentado. Son casi iguales las rutinas familiares. Las relaciones entre Margio, el protagonista, su papá Komar y su mamá Nuraeni se parecen a las que hubo entre mis abuelos maternos Eliécer y Argénida (y entre ellos y sus ocho hijos). Estas, entre incertidumbres económicas y bonanzas corticas, estuvieron orquestadas por la violencia del padre hacia todos los demás dentro del hogar (o en el patio, o en el barrio). De forma más persistente y agresiva, por parte del padre hacia la esposa.

Nuraeni fue prometida en matrimonio y pasó un par de días de cortejo, ilusionada y esperando que comenzara la felicidad. Mi abuela Argénida se casó el 9 de abril de 1948 y pudo, quizás, vivir el entusiasmo del noviazgo antes de ese día. Pero después todo fue distinto, marcado por la inestabilidad en el municipio, en las veredas y el estado de ánimo de su marido. Kurniawan describe la tristeza de Nuraeni, que es la misma de mi abuela: “la forma en que la trataba su marido la hacía morir en una muerte lenta, pero no sabía qué hacer. Nunca pensó en dejarlo y regresar con sus padres. Su familia habría estado furiosa. Todo lo que podía hacer era guardárselo, mantenerse a flote. Y ya que a veces Komar podía ser dulce y tratarla bien, la esperanza no moría por completo. Sin importar lo difíciles que fueran las cosas, nunca cedió a la autocompasión, en una resolución estoica que pasaría a sus hijos”.

En ambas casas vivieron el maltrato, no de a dos, sino en familia. El libro mira desde los ojos del hijo la secuencia larga de golpes que lleva a que la madre tenga un bebé prematuro, que muere una semana después. Fue a través de los ojos de mi mamá, que entonces tendría siete años, que supe de la secuencia larga de golpes que llevó a mi abuela a escaparse por entre la noche y los techos vecinos, la cara y el vestido llenos de sangre. No quedó esa familia libre de recuerdos ni de culpas ni de temblores cuando mi abuelo Eliécer murió, un 23 de diciembre, a sus 44 años. Las noches de golpes imprimieron en su descendencia alguna humillación y dolor. Tras el fallecimiento del padre, Margio miró a su madre, envejecida, y se preguntó si esta muerte los liberaría en lo absoluto y si el sufrimiento que éste había creado terminaría algún día.

Mi abuela Argénida, nacida en una vereda de Ocaña, no vivió nunca la violencia en su casa de infancia. Sus familiares y antepasados trabajaban la tierra y vivían un ritmo sabroso de cooperación. La mujer indonesia descrita en el libro venía también de una familia tranquila. Antes de casarse ninguna de las dos imaginaba lo que le esperaba. Antes de morir, a sus 64 años, mi abuela parecía de 90. Estaba cansada. Por el mismo camino pasa Nuraemi, en Indonesia. Más que en una cultura, tiempo, o religión particular, está dentro del amor romántico la promesa de sumisión que alimenta la violencia contra una mujer. Por eso este tipo de relatos son cotidianos. La historia no es necesariamente un relato de progreso.

 

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