Por: Valentina Coccia

Homenaje a la danza (Relato de la vida de un artista)

Todo el arte, en su conjunto maravilloso de expresiones y matices, intenta mostrar lo que es eterno e inmortal en el hombre, en su efímera y condenada corporalidad.

En este sentido, el arte nos hace libres de la fatalidad de la muerte, del término irresoluble de la vida, que de un momento para otro se detiene sin dejar cenizas ni rastro, sin dejar resquicio de pensamiento, de palabra, de cuerpo o dignidad. Sin embargo, para aquellos que hemos dedicado nuestra vida entera e encarnar esa inmortalidad, ese fluir eterno de creación, esos fragmentos intrínsecos al misterio del universo, hablar de nuestro arte se convierte en una tarea titánica, pues requiere encontrar palabras para lo inefable. No obstante, lo intentaré.

La danza, como pocos creen, nace de la quietud, de la escucha del silencio, ese silencio que aparentemente nos muestra la naturaleza: el silencio del mar en movimiento, el silencio del sol que se esconde, de la brisa que con sus arrebatos inclementes mueve las hojas de alamedas y bosques. Esos movimientos, tan pequeños y silenciosos en la naturaleza, son la fuerza creadora que mueve montañas, que transforma los mares, que transporta la vida de un lado para otro, que con pequeñeces mínimas hace del mundo y de la humanidad un movimiento creador que es casi imperceptible a simple vista. Descubrir que ese silencio natural está dentro de nosotros significa convertirse en bailarín, pues implica percibir que ese movimiento natural, como es agente en el mundo, es agente también en uno mismo, y que habla, que se confunde, que se transforma, que se consuma a través de nuestro cuerpo. Cuando esa llamarada confusa de inmensidad toca nuestras fibras… a eso le llamamos pasión, a eso le llamamos libertad.

Cuando la danza encuentra al bailarín y se apodera de su vida como una furibunda posesión, lentamente, a través del trabajo de sus fibras (que reciben también a la mente y al espíritu), el cuerpo se hace largo, se hace extenso, se hace ligero, se hace pesado, se encoge, pero también se vuelve etéreo. Los pies mantienen las raíces en la tierra, pero las manos se encargan de tocar el aire, y todo halla su perfecta armonía en el corazón, que con su propio rimo, porque todos guardamos un ritmo dentro, va marcando los compases de cada movimiento.

Y esta es la danza, la energía generadora que el bailarín crea para sí mismo, para su propio cuerpo, que inquieto espera por más. Esa impensable transformación del ser, que regula cada célula del cuerpo, que la revive y la transforma convirtiéndola en obra de arte, explota con la presencia de otros cuerpos que se unen en la liturgia de la danza, generando un sentido de comunidad alrededor de ese contraste infinito de energías. La danza no es solo una exhibición de aquello que hay de inmortal en el hombre, sino es también una transmisión de ese sentimiento, que a través del contacto entre los cuerpos de los bailarines, va renovando, reestructurando y modelando nuevamente su éxtasis. Bailar es también mirar al otro, buscar el contacto cálido de su mano, abrazarlo, confiarle el cuerpo y la energía infinita, que en el amor de los cuerpos entrelazados, buscan que ambos corazones latan con el mismo ritmo, encontrando repentinamente el mismo compás. Al bailar con otro, el bailarín se hace más grande, se hace inmenso, se fortalece, pues ese fluir de su fuerza vital se complementa con el de su compañero, generando entre ambos movimientos que serían impensables para un cuerpo solo.

Esa vitalidad solo encuentra su lugar perfecto en el mundo cuando llega a los ojos y a los corazones de aquellos que no han sido tocados por la danza. Hoy en día el escenario es el centro de esa exhibición, y es una caja negra como el universo, cóncava como el escondite de sus misterios y silenciosa como esa quietud que se esconde tímida en nuestro mundo. Es el lugar perfecto para la contemplación y para el éxtasis de los bailarines, que hundiéndose en su espacio detienen el tiempo ajeno para un instante de contemplación. Enfrentarse al escenario es una tarea difícil. Antes de pisar las tablas el bailarín las mira: infinito hacia el fondo e infinito hacia el público, el escenario es ese lugar donde el artista no solo deja una pieza del universo expuesta para todos, sino que además, deja expuesta una pieza de si mismo; su cuerpo, su mente y su espíritu que se convierten en una obra de arte. Antes de la escena, detrás de la bambalina, con el corazón lleno de ansias de libertad, el bailarín recibe ese espacio sagrado para detener el tiempo un instante, para permitirle al público mirar un resquicio del universo, que explosivo, brota en llamas ardientes desde cada extremidad, carcomiendo el cuerpo de los otros intérpretes, sublevando cada átomo, imprimiendo en el aire, en las tablas y en la piel ese instante de eternidad que como un hálito divino toca las almas de los otros, los que miran. Y después de que esa hoguera profunda termina, el escenario, ese espacio negro, infinito y silencioso, guarda las huellas y las pisadas de los pies, el perfume milenario de cada cuerpo danzarín, la estela de cada movimiento furtivo. Después de bailar, queda en el escenario ese silencio ancestral del que nace la danza, y el bailarín lo contempla sentado en medio de las tablas homenajeando ese momento de infinita quietud.

@valentinacocci4     [email protected]

 

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