Por: Lorenzo Madrigal

Imposición

Después del fastuoso escenario habanero del miércoles pasado, día histórico (¿cuántos van?), del intercambio de firmas y cuadernillos rojos (otros dos, con líneas doradas), del cruce de manos (faltando las del que más aprieta), de los discursos de los jefes de delegación, más el que siguió en emisión nacional del presidente Santos, el televidente abrumado no sólo va a votar por el Sí (¿a qué?), sino que ya le debió llegar la papeleta por debajo de la puerta.

Ha sido una solemne mentira que el pueblo sea el dueño de la decisión final sobre los acuerdos de paz. No hay cómo votar en contra de lo que se firma y recontrafirma en La Habana, que el propio presidente pide se lo manden para reconocerlo, poco antes de su discurso, en que pintó sus conocidos ríos de leche y miel.

De inusual traje negro, la palomita, copiada de los jabones Dove, reluciente por contraste, don Juan Manuel Santos ha dado el parte de victoria y no ha llamado a refrendar, sino a admirar los pactos, calificándolos de inalterables.

Que el pueblo dirá la última palabra, repite el mandatario, palabra que solo puede ser: “como usted diga, presidente”, pues nunca la opinión discrepante tendrá su propia alternativa, cual fuera televisión y horario presidencial, espectáculo multicanales en La Habana, difusión mundial, radio, prensa y la multimedia oficial, soporte de un poder, hoy más que nunca, absoluto. Y con él la guerrilla, combinando formas de lucha.

El Sí pasará con desconocimiento de los acuerdos, pues nadie lee 300 páginas “abstrusas”, como las llama Abdón. Pocas horas antes del escenario habanero, el vicepresidente había dicho que esperaba conocer lo que iba a firmarse, pues había “temas gruesos” sin definir.

De repente, entró el afán. Al parecer, los viejos comisionados se habían desgastado, tal vez no se toleraba más a Sergio Jaramillo, tal vez De la Calle finalmente había cansado y, para colmo, les habían mandado a Roy Barreras. Esto llenó la mesa de nuevos participantes, para salvar escollos finales.

Y ahí vino la foto: los generales Naranjo, Mora y Flórez; Pearl, ya casi desaparecido, el abogado comunista, Leyva (aceptado finalmente por tener la llave de muchos cerrojos), y en el centro-centro, dos de baja estatura: Roy Barreras, dándole una fotográfica mano a Timochenko, tan sonriente como ignorante y perplejo ante la política. Y es que Barreras y Leyva parecen hallarse alerta por si un trastorno infortunado de Vargas Lleras los ubica en la carrera presidencial. Buena esa, decía don José Domingo, mi amigo carpintero.

***

Eso de titular “Plebiscito por la paz” es una clara desobediencia a la Corte, pues ha dicho que no es ni por la paz ni por la guerra. Ahora, llamar una campaña electorera pedagogía es apenas una divertida falacia.

 

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