Por: Ignacio Zuleta

Isis: y lo opuesto también es verdad

Decía un sabio oriental al hablar sobre asuntos delicados: dígase lo que se diga a este respecto, lo opuesto también es verdad.

Y nunca fue tan cierto como en el complejo caso de estas batallas de geopolítica sagrada. Si al mismísimo presidente de los Estados Unidos le ha venido quedando grande este conflicto, qué dirá uno, desinformado hombre de la calle que no tiene acceso a lo que le cuenten los espías y los dictámenes de expertos en materias de tanta truculencia. Estas luchas son múltiples, intrincadas, tan mediadas y antiguas, con tantos intereses y de tantos matices, que opinar de un plumazo que se trata de esto o se trata de lo otro sería una gran mentira, o vanidad suprema. Pero hay muertos.

Afirmaba Mairena, el juguetón alter ego de Machado: “Entre el hacer las cosas bien y el hacerlas mal está el no hacerlas, como término medio, no exento de virtud”. Así que seré virtuoso y hasta donde se pueda pasaré de agache, sin una opinión definitiva que pretenda ser la única cierta, la más válida. Porque podríamos opinar que los atentados de París son más reprobables que los de Beirut en esos días. Y que la declaración francesa de guerra es lo que toca. O pensar que Occidente se buscó esa revancha, que todo se cifra en negocios de armas y petróleo, que la guerra de Isis es religiosa y pretende acelerar el bienvenido final liberador. El panorama grande no lo tiene nadie, porque en temas complejos lo opuesto también es verdad. Pero hay muertos.

Dándomelas de vocero del ciudadano del común, confieso que estoy hasta la coronilla de las malas noticias sobre el mundo. Sin embargo, resulta imposible desconectarse del todo de los eventos que ocurren porque en últimas le suceden a la humanidad, de la que somos parte ineludible. Y los pocos logros civilizados de la especie no se defienden solos: son delicados e imperfectos. Pero conectarse en exceso —si uno no se nutre de la muerte como ave de carroña— enferma el alma y cansa. Ya empiezo a entender por qué al pasar los años no es fácil evitar la amargura. En ocasiones pareciera que el mundo se empecina en restregarnos su mugre por la cara. Otras veces, la vida nos sonríe; la dulzura también tiene cabida. Por eso las próximas cinco columnas serán en positivo, carentes de No y de Pero, a ver qué pasa.

No es que a la razón le guste la propuesta de no tomar partido. El corazón piensa con las ganas y tiene claro que no quiere guerra, pero el político, el nacionalista, el justiciero que llevamos dentro no se resigna sólo a envolver en luz violeta al enemigo mientras sanguinariamente éste acaba con tu hermano. La verdadera guerra está en nuestro interior: el cristiano prefiere poner la otra mejilla y perdonar. El hombre natural quiere venganza y sangre. Los opuestos me tocan, concluía André Gide. En ese debate nos la hemos pasado desde siempre y aunque al respecto no parece haber verdadera evolución, es saludable porque el incoherente potencial moral que nos habita es lo que nos permite ser humanos. Por eso desearía que tenga razón sobre Isis Graeme Woods, colaborador de The Atlantic, cuando propone que lo mejor que Occidente puede hacer para acabar con los miembros del denominado Califato es ayudarlos a inmolarse a sí mismos en su celo suicida. Porque como en apariencia no tienen contradicciones inherentes, se arrojarán a su propio fuego apocalíptico. Entretanto, habrá muertos.

 

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