Por: Eduardo Barajas Sandoval

Islam en el Estrecho y el Archipiélago

El “Estado Islámico” pone en ascuas a los líderes de países donde la afiliación al Islam se ha caracterizado por la moderación.

Naciones de amplia mayoría musulmana y a la vez poseedoras de una tradición que ha permitido la convivencia de los principios religiosos con prácticas liberales, están en la lista de jugadas estratégicas del grupo que pretende instaurar un nuevo califato, es decir una suprema y única autoridad religiosa y civil que congregue a todos los musulmanes del mundo. Propósito extremo por cuya causa se riega cada día sangre musulmana, y también “pagana”, en los lugares más insospechados.

Turquía e Indonesia, cada una a partir de procesos históricos diferentes y a pesar de estar ubicadas en regiones muy distintas del mundo, han tenido el denominador común de ser países que, a pesar de su arrolladora mayoría musulmana, dejaron espacio suficiente para que floreciera una sociedad no confesional. Bajo el modelo de Mustafá Kemal Atatürk, promotor de una cuidadosa separación entre el poder civil y el religioso, Turquía dejó de ser la sede del Califato más importante de los últimos siglos, que fundido al Imperio Otomano mantuvo el último orden estable en el Medio Oriente, y pasó a ser una república no solo de aspiraciones sino de características que la acercaron a las naciones europeas. Indonesia, que recibió mucho más tarde la presencia del Islam, dentro de la avanzada que logró conquistar para esa fe amplios sectores del Océano Indico, es hoy el país musulmán más populoso del mundo, pero está organizada constitucionalmente como un Estado secular, que aboga por la moderación, la tolerancia y el respeto hacia las minorías.

En el estrecho del Bósforo y en el archipiélago indonesio se han configurado entonces, a lo largo de casi un siglo, versiones del Islam que distan mucho de las tradiciones que animan a los radicales que, desde las ruinas de Irak y de Siria, tratan de reivindicar la ley islámica como parámetro único de la vida social. Por eso precisamente esos dos países figuran en la lista que el llamado “Estado Islámico” tiene de los territorios por conquistar y de la lucha por adelantar en busca de la consolidación de su propuesta universal. Lista en la cual ocupan su lugar, también, países del Occidente cristiano y arrogante que cometió todos los pecados coloniales posibles y más tarde regresó a la región a tratar una vez más de imponer unos valores que nada tienen que ver con las tradiciones locales.

Los ataques recientes del EI en Estambul y en Yakarta soportan la idea de adelantar una acometida global con el propósito de hacer presencia en todos los frentes posibles. Algo que hace crecer la preocupación por eventuales acciones futuras, máxime cuando en Turquía e Indonesia están dadas las condiciones para que propuestas radicales encuentren terreno abonado, así sea en sectores aislados, los más proclives tanto a la militancia como al uso de los métodos de acción que promueve. Esto porque el principal medio de reclutamiento, internet, ha estado a la mano, junto a los argumentos de índole religiosa, política y económica que aprovechan fácilmente del espíritu gregario de muchachos acorralados por problemas que les impiden realizar sus ambiciones más elementales. Circunstancias que seguramente sirvieron ya para que, conforme al modelo, algunos de ellos hayan ido a parar a los campos de entrenamiento del EI, con la consigna de regresar y actuar en favor de sus propósitos.

Dados los acontecimientos recientes, que a pesar de las proporciones enormes de ambos países son una amenaza extraordinaria, conviene apreciar en cada caso las reacciones del gobierno y de la sociedad. Y justamente es allí donde surgen motivos de preocupación. En el caso turco porque el fenómeno aparece al tiempo con la avanzada de un propósito político, liderado por el Presidente de la República, de lo que parece ser un cuidadoso y paulatino intento de desmonte de principios propios de la separación de religión y poder político proclamados por Atatürk. En el caso indonesio porque miembros del gobierno, como el Ministro de Asuntos Religiosos, aceptan que existe un creciente reclamo por incorporar al ordenamiento normativo ciertos elementos de la Sharia, la ley musulmana, y que se preparan propuestas legislativas que reflejen esa aspiración; como la posible prohibición de bebidas alcohólicas y la aceptación de “salvaguardias contra la blasfemia”, que se presentan como reacciones de orgullo popular pero terminan en discriminación y ataques a minorías. Acelerada la marcha en el primero de los casos por las pretensiones de reforma constitucional, y lenta en el segundo a través de reformas legales, la tendencia a abrir espacios institucionales que faciliten el avance de la religión en el sistema político merece un llamado de alerta.

Queda el escenario de la reacción de dos sociedades mayoritariamente partidarias de la apertura y el secularismo, afectadas no solamente por la existencia de movimientos propios de naturaleza radical, que los hay y son muy activos, sino por las acciones de subversión del ánimo juvenil por medio de “contra narrativas” que se van abriendo paso, y la perturbación de la seguridad a través del terrorismo, por parte del Estado Islámico. La sociedad turca enfrenta una situación de mayor complejidad y con mayores amenazas, a juzgar por el reciente encarcelamiento de profesores universitarios que protestaban por medidas del gobierno. La sociedad indonesia, ampliamente favorable a la apertura y la tolerancia, parece estar reaccionando cuando todavía no es tarde. 

 

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