Por: Fernando Araújo Vélez

Jugar

Jugar. Olvidar por un instante nuestro patetismo, ese padecer la vida que nos persigue y nos atraganta y nos lleva a creer que lo esencial es lo superfluo, y lo superfluo, lo esencial.

Padecemos la vida en vez de vivirla, le tenemos miedo a la vida, a vivirla, a los otros, a sus comentarios, a sus condenas y sus máscaras y a la muerte, por supuesto que a la muerte, y por tenerle miedo, tanto miedo a esa muerte y al morir, pasamos por alto las preguntas de César Vallejo, por ejemplo, “¿Es para eso que morimos tanto? ¿Para sólo morir, tenemos que morir a cada instante?”, y pasamos por alto aquellos versos de Saramago, “somos cuentos de cuentos contando cuentos, nada”.

Somos nada, somos todo, somos únicos, pero vamos por ahí comprando y robando máscaras para ser como los otros, que también son nada y todo y únicos. Compramos afectos, compramos amores, compramos aprobación, y de tanto comprar nos vendemos nosotros, y de tanto vendernos nos olvidamos de jugar, creyendo que jugar es entrar a un casino, apostándole nuestros últimos billetes a un 17 rojo, o lanzar unos dados para ser una ficha que recorre un tablero, cuando jugar puede ir más allá de la ruleta y los dados y guiarnos hacia mundos supuestamente imposibles. Jugar a la vida, desnudarnos, buscar en el directorio el primer nombre que aparezca y buscar lo que hay detrás de ese nombre.

Confrontar y provocar al primero que se nos cruce con una pregunta o un poema para descubrir sus respuestas más allá de unas cuantas palabras y su estúpido miedo, nuestro miedo de todos los días. Abrir un libro y hallar un verbo o una ciudad y tomar verbo y ciudad como un mandato y ser protagonistas de una novela. Mentir con descaro para corroborar hasta qué punto, y en realidad, cuánto de poco nos importa lo que de verdad ocurre, y cuánto de poco les importa a los otros lo que nos ocurre. Recordar, inventar sobre lo recordado, tomarnos el primer bus hacia el primer pueblo que encontremos y viajar sin equipaje y sin reservas, y luego inventar y seguir inventando.

Renunciar, sernos fieles a nosotros mismos sobre todas las cosas, caminar bajo la lluvia, rescatar el primer juguete que tuvimos, volver a los pasillos y pupitres de nuestra infancia para concluir que en lugar de jugar, hemos sido la ficha del juego de otros.

 

 

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