Por: Arturo Charria

¿Justicia o venganza?

Cada mañana, antes de sentir el peso de la primera respiración, antes de abrir los ojos, Uribe repite: “paz sin impunidad”. La frase se queda en su cabeza, la siente voluminosa sobre la lengua, como un pedazo de carne podrida entre los dientes.

La frase es efectiva, se ha vuelto un salmo que muchos repiten, como si estuvieran en misa: “Paz sin impunidad”. Cuando saborean el sonido de las primeras tres letras de la palabra “impunidad” sienten que sus pies se levantan del suelo, pues con ella adquieren una superioridad moral que les permite mirar desde arriba al resto de la humanidad.

Uribe es consciente de que en Colombia la noción de justicia es vaga y que se confunde con la venganza. Por eso celebramos que ante un delito se hagan linchamientos públicos, que desnuden al delincuente y lo expongan en las plazas, que le tomen fotos con el cuerpo ensangrentado y luego las publiquen en redes sociales como trofeos de odio.

Así, la posibilidad de alcanzar la justicia se centra en el máximo dolor posible que se le pueda infligir a quien ha cometido un delito, de esta manera se piensa que a mayor dolor, mayor justicia. Sin embargo, esto no garantiza que la persona que sufrió un daño se sienta reparada y tampoco garantiza que no se vuelva a repetir.

En el proceso de paz se construyó un modelo de justicia que está lejos de los linchamientos promovidos por el uribismo, a los que ahora se suma la manifestación de odio promovida contra la tolerancia y el respeto por la diversidad sexual. Los defensores del “NO” promueven una idea de justicia construida sobre absolutos del siglo XVIII, donde la expiación de la culpa solo era posible mediante el dolor.

Es falso que en La Habana se haya negociado la impunidad de las FARC. Al contrario, se construyó un modelo de justicia que nos permite pasar de un estado de guerra a un escenario de posconflicto; un modelo en el que la verdad y el reconocimiento del daño cometido por los perpetradores no es negociable. Así, los miembros de las FARC responsables de crímenes de lesa humanidad deberán someterse a juicio y obtendrán una condena privativa de la libertad entre 5 y 8 años.

Conocer la verdad de los hechos ocurridos en la guerra no es una situación menor, al contrario, es la hoja de ruta que nos permitirá trazar los caminos que no podemos volver recorrer. La justicia no solo es para quienes han padecido la crueldad del conflicto armado, sino para las vidas que no se perderán porque terminó la guerra. Justicia es que el país conozca los nombres y los rostros de los miles de sueños inconclusos que debemos continuar como homenaje a ellos.

Pero los promotores del “NO” insistirán en su visión vengativa de la justicia, esa que solo concibe la cárcel como único mecanismo posible en que un delito puede ser redimido y una víctima reparada.
Área de archivos adjuntos

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arturo Charria

1953

Pequeño inventario de poesía útil

El silencio de los poetas

Escuchar a las víctimas sordas

Narrar la transición