Por: Ricardo Bada

La aspirina y nuestras letras

Alguna vez habría (habrá) que hacer una antología de la presencia de la aspirina en la literatura iberoamericana.

Además de un analgésico fabricado por la firma Bayer, la aspirina era el nombre de una tapa de tortilla española de reducido diámetro en la ya desaparecida taberna madrileña La Percha, de la calle de Toledo. Y por si ello fuera poco, según el malogrado poeta salvadoreño Roque Dalton, “el comunismo será una aspirina del tamaño del sol”. Con lo que tocamos tierra literaria por el camino de la hipérbole. A la aspirina la encontramos en el epistolario de María Zambrano con Reyna Rivas, y en el de Macedonio Fernández; en la colección de artículos de Julio Camba Esto, otro y lo de más allá, y en la de textos memorialistas de Héctor Abad Faciolince Las traiciones de la memoria; en las memorias de Josep Pla, El quadern gris, y en las del editor guatemalteco Roberto Díaz Castillo, Para no saber de olvido.

Tratando de paliar sus cefaleas han recurrido a la aspirina personajes de Camilo José Cela, Elena Poniatowska y Juan Carlos Onetti. Nos tropezamos con ella en Paradiso, de Lezama Lima, en Abaddón el exterminador, de Ernesto Sabato, y en otras muchas páginas más, de Álvaro Mutis, Mario Benedetti, Augusto Monterroso, Lizandro Chávez Alfaro, Claribel Alegría, Osvaldo Soriano, Vlady Kociancich, Ignacio Martínez de Pisón, Zoé Valdés...

Asimismo se la nombra en el teatro, p. ej. en Un marido de ida y vuelta, de Jardiel Poncela; en las novelas del brasileño Ignacio de Loyola Brandão, y en la Oda al resfriado de Fernando Pessoa. ¡Si hasta George Steiner la citó en El País, de Madrid, en una entrevista con motivo de la recepción del Premio Príncipe de Asturias!: “Hoy por hoy, la novela es como una aspirina que te tomas después de salir del trabajo”. Y por supuesto, entretanto también llegó a la tuiteratura: “La aspirina elimina los estúpidos pequeños dolores, hace los días más llevaderos y ha aumentado el bienestar del mundo. Para los grandes dolores están la morfina y la religión” (@kely_mporta). En fin, queriendo ponerle un broche de oro al recital de voces solistas que va delante, vaya acá una cita de Ángeles Mastretta en El cielo de los leones: “Hay maravillas que pueden conseguirse todos los días, pero que necesitan precisión: cualquier párrafo de Gabriel García Márquez, el sabor aterciopelado del café cuando no hierve, una flauta de Mozart sonando en el coche mientras afuera ruge el tránsito más fiero, una aspirina a tiempo, un beso a destiempo”.

Estoy bastante más que convencido: alguna vez habría (habrá) que hacer una suculenta y muy analgésica antología de la presencia de la aspirina en la literatura iberoamericana.

 

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