Por: Ana María Cano Posada

La buena hora

Cuando comenzaban los años 80 el enorme Guillermo Cano me llamó para ser columnista de El Espectador: era la víspera de tantas cosas por pasar en Colombia y acepté aquel honor provista de una represa de ideas en mi cabeza para hacer parte de la sección Nuestra Época que se inauguraba con opiniones jóvenes, dirigida por Juan Pablo Ferro, donde también escribía Héctor Abad Faciolince.

No estaba todavía al descubierto el tamaño del desafío del tráfico de drogas ni de los ejércitos que iría a armar, y a la insurgencia apenas se le daba esa primera oportunidad de acercamiento con Belisario Betancur: era imposible ver claro el río de víctimas que correría en un país habituado al martirio.

El propio Guillermo Cano, ante la persecución de El Espectador en Medellín, alcanzó a avisarme que preguntaban por mí en la oficina local y que podía ser inapropiado tener mi apellido y firmar en el diario desde esta ciudad que estaba tomada por el terror. Decidí seguir con un seudónimo durante un tiempo, aunque ni en ese momento ni después fui columnista seguidora de la coyuntura porque quería ver tendencias sociales en medio del inmediatismo agobiante.

El asesinato de Rodrigo Lara Bonilla, el de Guillermo Cano, el de Luis Carlos Galán y el de Héctor Abad Gómez socavaron de cerca y cientos de otros al lado, y hacían difícil escribir para seguir el paso a Colombia que veía asomarse al abismo con familiaridad.

La ciudad que parecía más cercada por este país delincuencial era precisamente en la que yo vivía y a la que dediqué toda la energía para buscar un periodismo capaz de construir, de encontrar vetas informativas interesantes, como también las buscaba en mi columna. La búsqueda de esa resistencia civil que hizo que Medellín no cayera en la diáspora que se anunciaba fue la que alentó el proyecto periodístico de La Hoja que durante 16 años llevamos a cabo, con Héctor Rincón y otros valiosos periodistas.

A ese país que seguía a pesar de todo y que miraba por encima de las amenazas fue al que la Constitución de 1991 buscó reordenar. Los intentos de salidas civilizadoras a través de procesos de paz de gobiernos sucesivos, a los que desbarataron los agazapados adversarios armados, junto con admirables esfuerzos ciudadanos que han querido en Bogotá y en Medellín crear condiciones para hacer transformaciones que no las dejen a merced de la corrupción y de la delincuencia, con todos sus avances y retrocesos, son los ocurridos en estos 30 años de tensiones con solo algunos asomos de claridad de los que he sido testigo.

La cercanía de ese acuerdo final con la dejación de las armas definitiva por parte de la guerrilla más numerosa es el anuncio de un relevo en el que una nueva generación puede construir la esperanza y el cambio. Está a la vista lo inimaginable para los que crecimos en medio de la decepción política.

Es en este momento de El Espectador, cuando Fidel Cano y todos sus colaboradores se alistan para registrar con observación y cuidado los acontecimientos que abre una puerta enorme como esta, es ahora, en la buena hora, cuando en toda libertad, así como cuando fui honrosamente llamada, decido retirarme. Dejar un espacio que de seguro ayudará en el debate y la transformación a la que estamos abocados todos. Mi gratitud profunda por el respeto que siempre tuvieron con las ideas que manifesté y que creo es el aporte invaluable que este periodismo responsable y constructivo hace para poder salir de lo que llegamos a creer que era una cadena perpetua: la imposibilidad de soñar.

Hasta pronto amigos y mis mejores deseos.

@anacanoposada

 

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