Por: Julio César Londoño

La cartilla maldita y la pastora posesa

Los indignados encendieron las calles de varias capitales del país.

Protestaban por una cartilla de incitación al pecado que el Ministerio de Educación estaría repartiendo en los colegios. Lo curioso es que la cartilla no ha salido aún; estará dirigida a los profesores, no a los estudiantes ni a los padres de familia, aunque es probable que no la lean los profesores, los estudiantes ni los padres de familia porque todos estarán muy ocupados dándole “like” a algún meme progay, o antigay, el menú de las redes es amplio.

Le ganamos a Mao, que revolucionó con “el libro rojo” un pueblo que no sabía leer. Aquí incendiamos un país que no lee con una cartilla que no existe. Si el homosexualismo es una enfermedad de trasmisión textual, la cristiandad puede dormir en paz: Colombia será siempre un país de protomachos y superhembras.

A la cabeza de la cruzada contra la cartilla satánica marcha la senadora “liberal” Viviane Morales. “El Ministerio de Educación pretende imponer la ideología de género como política pública en nuestros colegios y en la formación de nuestros niños, niñas y adolescentes”, dijo la obsesa pastora. Decir “imponer” cuando en realidad se trata de un llamado a respetar los derechos de una minoría atropellada por siglos, es una bellaquería. Considerar “ideología” una simple norma de convivencia es histeria o ignorancia, o ignorancia histérica. Y llamar “ideología de género” a un fenómeno que trasciende las fronteras de los géneros, es un dislate ampuloso. Una pastora debe mostrar siquiera un atisbo de compasión por el prójimo, o al menos por su propia hija.

Claro que la ministra Parody defiende la causa gay. ¡Faltaba más! Lucha contra la discriminación en los colegios en general y contra el matoneo a los homosexuales en particular. Obedece un mandato constitucional: a raíz de la muerte de Sergio Urrego, el joven que se suicidó por la angustia que le generó el matoneo de algunos profesores y de las directivas del colegio, la Corte Constitucional emitió una sentencia que obliga a las instituciones educativas a respetar la orientación sexual de los estudiantes. La Corte, a su vez, obedeció al clamor de un país horrorizado con el caso de Sergio. Hoy, la indignación obedece a que la ministra y la Corte proponen que respetemos a los sergios. Vivir para ver.

La cartilla real verá la luz en septiembre. Es un manual de convivencia redactado por expertos de la Unesco y del Ministerio de Educación, y busca eliminar cualquier forma de discriminación: la que se ejerce contra el gordito, el tímido, el gafufo, el negrito, el que no tiene zapatillas de marca o el gay. Se calcula que el matoneo afecta a uno de cada cinco estudiantes (dos millones de niños y jóvenes colombianos), destroza la autoestima y arruina las notas.

Llama la atención que Viviane la moralista, esta señora que se rasga las vestiduras porque el Ministerio de Educación propugna por la tolerancia en los colegios y defiende los derechos de los estudiantes gay, sea la misma que defendió a Samper en el caso 8.000 y muy parecida a la que dormirá esta noche con un abogado mafioso, un romance inadecuado que le costó la chanfaina en la Fiscalía.

Nota: la palabrita “tolerancia” es antipática. Significa “soy generoso”, “perdono”, “condesciendo”. Subraya la magnanimidad del poderoso frente al débil, de la mayoría con la minoría. Nunca decimos que el negro tolera al blanco, el gay al hetero, el gamín al niño bien. La “tolerancia” es una virtud vertical que opera de arriba hacia abajo. Es mucho más linda la palabra “respeto”, que invita a la reciprocidad y es perfectamente horizontal. “Nos respetamos” es mucho mejor que “yo te tolero”.

 

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