Por: Sergio Otálora Montenegro

La Casa Naranja

MIAMI.-Un vendaval acaba de arrasar con una certeza infundada: que la presidencia de Estados Unidos tenía nombre y apellido inapelables.

No fue así. Contra todos los pronósticos de unas encuestas que parece que se hubieran hecho en Australia para los residentes de Croacia , Donald J. Trump barrió a Hillary Clinton en la mayoría de los estados indecisos, y en tres que parecían inquebrantables bastiones demócratas: Michigan, Wisconsin y Pennsylvania.

Gracias a mi oficio de periodista pude ver, en Miami, desde un lugar privilegiado,  varias manifestaciones de Trump, de Hillary Clinton e incluso del presidente Barack Obama, que visitó varias veces al llamado  Estado del Sol. Los eventos políticos del hoy electo presidente eran ruidosos,  agresivos, repletos de entusiasmo, con mucha gente joven, mujeres y hombres universitarios, otros sin mayor vuelo académico, todos convencidos de las bondades del hombre de negocios, del rebelde multimillonario  víctima de las mentiras del establecimiento y de los montajes de los poderosos medios que no simpatizaban con él.

A sus seguidores,  que sin duda eran legión, no les importó nada. Pasaron por alto, sin remordimientos (por ahora), que fuera autócrata, racista,  misógino,  abusador sexual,  mitómano y megalómano. Un rufián de cuello blanco. Un profundo ignorante  en casi todas las materias que atañen a un verdadero líder.

Nunca, como en esta elección, los dos grandes partidos habían estado tan desconectados de lo que sucedía en la periferia, en las zonas rurales de los estados que alguna vez fueron el símbolo del progreso industrial del país.  Hillary centró su accionar en las minorías urbanas y dejó por fuera al “canasto de deplorables” (como llamó a los seguidores de Trump en una desafortunada cena de recaudación de fondos para su campaña),  millones de hombres y mujeres blancos no hispanos, con o sin educación, que votaron de manera copiosa por un peligroso manipulador y, de paso, por un partido sin brújula al que, de repente, se le apareció la virgen. Pronto se verá si ese supuesto salvador,  con tics caudillistas y fascistas, de verdad puede cumplir si acaso el dos por ciento de sus gaseosas propuestas de campaña.

Los obreros sin esperanza del centro oeste, aquellos que vivieron la bonanza del acero y la industria automotriz; del carbón y las manufacturas, cuentan con que el mago saque del cubilete unos trabajos que ya no existen. Que reinvente un país que es imposible resucitar a punta de demagogia. Una nación que sólo existe en los prejuicios, los deseos y la enorme frustración de un sector social olvidado, que no ha vivido las mieles de la innovación y la tecnología.

Pero lo inédito en toda esta aventura electoral es que Trump apeló al discurso contra la diversidad como fórmula para tratar de contener el “peligro” de que Estados Unidos deje de ser un país de mayoría blanca, de inmigrantes provenientes de Europa. El impacto cultural que pueda tener el darle oxígeno a los peores instintos de este país –que no ha podido abandonar el demonio secular del racismo- puede llevar a una agitación social más radical que la vivida en los años sesenta. Y sin duda el tema migratorio estará en primera fila.

Trump ganó con el voto abrumador de los blancos y la ayuda de los hispanos que pusieron el centavo que faltaba para el peso. En el ámbito nacional casi el treinta por ciento depositó su voto por el magnate inmobiliario. Eso fue suficiente para arrebatarle la victoria a la ex secretaria de estado. Por lo tanto, el nuevo inquilino de la Casa  Naranja  demostró,  a contrapelo de todas las encuestas,  que aún es posible llegar a  la presidencia sin la participación fundamental de las minorías.

El pobre Partido Demócrata se ha quedado sin presidenciables, con una dirigencia envejecida y unas bases obreras que le dieron la espalda. No ganó ni Cámara ni Senado, y queda muy debilitado en los congresos estatales. El famoso legado de Barack Obama puede ser borrado de la faz de la tierra en cuestión de seis meses.

Las apuestas nunca habían sido tan altas y ha resultado victoriosa una alternativa que conocemos por su discurso incendiario, pero poco sabemos qué podrá hacer en concreto. Los republicanos tratarán de aconductarlo, de meterlo en la camisa de fuerza de sus planes de gobierno (reducirles los impuestos a los más ricos, cortar el alcance de los beneficios sociales, pulverizar  la reforma de salud, aplazar la posibilidad de darles estatus migratorio a más de once millones de indocumentados, acabar con los controles a la industria del carbón o la financiera), pero hay prerrogativas que tiene el gobernante que ocupe la Oficina Oval, que le permiten actuar sin contar con la aquiescencia del Congreso. Ahí está lo aterrador, esta incógnita que tomará las riendas, en enero de 2017, del país (aún) más poderoso del planeta.  

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