Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 7 horas
Por: Columna del lector

A la caza de Petro

Supongo que Petro, ahora en la casa, va a descansar de muchas veleidades que trae consigo el poder.

Ante los constantes ataques desinformativos en radio y televisión, que le han generado cierta animadversión, además de su condición de exguerrilero, conjeturo que sigue en la lista de probables víctimas de las fuerzas criminales que pululan en el país y que, aunque son conocidas, han encontrado la manera de no parecerlo. Debe entenderse que en su calidad de alcalde y dada su camarilla de guardaespaldas y el esquema de seguridad propia de un alto funcionario activo, su seguridad prevalece. Otra será su situación desde enero.

Esos actos informativos, que más parecen advertencias, se vienen repitiendo desde antes de su posesión como alcalde de Bogotá. En diferentes ocasiones él mismo ha manifestado un estado de angustia y de incertidumbre que, dada su formación, no se vislumbra en el rostro; son sus palabras las que lo delatan. Ante una pregunta periodística sobre el tránsito de su papel como senador que fue muy valorado y su gestión como alcalde que ha sido muy criticada, responde: “Nunca tuve reconocimiento, a mí lo que querían eran matarme”, dijo. “Yo estaba luchando contra Uribe, y la mayor parte de la población estaba con él por su imagen de pacificador. La gente no conocía la situación de derechos humanos que sufrían millones de personas porque los medios de comunicación lo ocultaban”. Y concluía: “Por esta razón, el senador que realizó la tarea de mostrarle a la opinión pública qué pasaba, qué era el paramilitarismo y cuál era el papel del presidente de la República en su formación, se volvió muy impopular. Mi labor se reconoce hoy. La experiencia como alcalde será similar”.

El Gobierno colombiano, ejercido exclusivamente por algunas familias poderosas durante más de 200 años, permite que algunos opositores desempeñen cargos menores en la administración y, mediante las triquiñuelas de siempre, todo termina como si nada, prevaleciendo en el imaginario colectivo la idea de que en Colombia existe una verdadera democracia. Con el 30% de los votos Petro resultó electo alcalde. Y gobernó. Ese fue el problema: en ejercicio de su mandato, rompiendo la tradición histórica y acudiendo a su férrea personalidad y a la coherencia de sus ideales, transformó a Bogotá, gobernando más para los pobres que para los ricos, además de haberle quitado parte de la tajada a contratistas como Alberto Ríos y William Vélez Sierra. Esas circunstancias, más el hecho mismo de hacer un gobierno incorruptible, ha traído consigo una andanada de críticas por parte de los medios de comunicación (cuyos propietarios son las familias poderosas que han gobernado siempre al país), que se intensifica, no ya con el ánimo de desprestigiarlo; pareciera que buscan otros objetivos.

Ese temor a que “los otros” se tomen el poder hace que los medios masivos de comunicación lo impidan, mediante una serie de maquinaciones truculentas y manifestaciones temerarias que logran impactar a la opinión pública. Lo que se está proyectando es que se va a la caza de Petro y eso puede tener repercusiones muy negativas para la paz del país, ya sea porque se daña el proceso de La Habana… o por otras consecuencias.

Petro nos ha enseñado que sin la intervención de terceros y mediante la participación ciudadana desde la política del amor y la no violencia, es posible rehacer nuestro país.

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