Por: Columnista invitado

La crucifixión de las ninfas

Inicié mi vida sexual voluntariamente a los 11 años; nunca pude hablar de esto con nadie, y cuando empecé a hacerlo con amistades cercanas, fui vista con malos ojos y cuestionada.

Por: Mar Candela*

Las “lolitas” existen y todas viven un infierno por no tener con quién hablar en confianza. Hubiera querido tener con quién hablar; quizá hubiera entendido la importancia de esperar un poco más —sexo entre preadolescentes siempre habrá, así Ordóñez no quiera la educación sexual desde edad temprana—.

Pasaron décadas para que hablara de esto sin miedo, vergüenza o culpa. La vida pasa y entre más revisas tus pasos, con el tiempo comprendes que la doble moral es la responsable de que muchas mujeres sean sometidas, por miedo, a la sanción social.

A mí ser feminista me salvó la vida, porque me abanderé de todas las mujeres que soy y no siento vergüenza de ninguna: puedo abrazarlas y defenderlas del pedazo de mundo que habito. Infortunadamente, muchas ninfas no corrieron con mi suerte.

Hoy puedo hablar abiertamente de la mujer que soy —no porque quiera soportar los juicios de valor de personas desconocidas o recibir consejos o críticas, ni por hacer el rol de ejemplo o mesías–. La razón por la que decido contar parte de mi historia son las decenas de mujeres que me han escrito por años sumidas en depresiones, drogas, alcohol y presas de un hombre que les hace sentir que hizo el favor de amarlas

No es fácil para ninguna mujer hablar descarnadamente sobre su vida sexual: exponerse, hacerse vulnerable —ni siquiera lo es para mí—. Debo superar la incomodidad y debo hacerlo pesando en tantas mujeres con las que he hablado y también entendiendo que no soy la única mujer que nació con una libido peculiar. Y que, a diferencia de ellas, yo no he permitido que nadie me cuestione. Que he escupido sobre los juicios de valor y prejuicios sociales, cuando ellas simplemente están sobreviviendo, considerándose “enfermas”, “sucias”, “pecadoras”, “anormales”

Entre miles de imaginarios, llorando en silencio, la semana pasada, una de las ninfas “enclosetadas” con las que hablo me contó que su pareja de hace 10 años todos los viernes la humilla, la maltrata verbalmente y le dice que agradezca que él se atrevió amarla y a darle un hogar estable –eso me hinchó los ovarios y fue peor cuando supe que esta mujer tiene ya varios años automedicándose antidepresivos–. Tiene miedo de que sus hijos sepan que ella es adicta al sexo, considera que su marido es el castigo divino que le mandó Dios por pecadora, y así está llena su cabeza del montón de ridiculeces que se inventaron para castigar a las mujeres por ser diferentes.

Otra me escribió para decirme que no denuncia a su esposo cuando la golpea porque él tiene razón en hacerlo ya que ella lo irrita con su apetito sexual. Yo no soy psicóloga sexual ni experta en alguna ciencia de salud mental —solo puedo hablar del experimento de vida que soy y lo que sé es que no todos los expertos ven al apetito sexual voraz como una anomalía, enfermedad o adicción–. Sin embargo, me planto en la hipótesis de que las ninfas somos unas adictas al sexo, tan sufridas como una adicta a la heroína. Y no me planto ahí para decir que es así; lo hago sólo para decirle a la sociedad que en el caso hipotético de que realmente eso sea así , a nosotras nadie nos tiene por qué dañar ni castigar.

Los prejuicios morales son infinitos: hay quienes creen que una ninfa no puede ser monógama o no puede guardar tiempo de celibato o abstinencia sexual, o que, sí o sí, es una promiscua, entre más y más ideas absurdas. Lo que hace mucho más difícil la vida de nosotras.

¿Por qué tendríamos que dar razón del ejercicio de nuestra sexualidad más que cualquier otra mujer o cualquier otra persona? En el caso hipotético de que seamos unas enfermas, nadie tiene por qué considerar que por ser quienes somos estaremos dispuestas a tener sexo con todo lo que se mueva. O que merecemos ser sancionadas de alguna manera. Y del único modo que la sociedad en pleno ha de entender esto es cuando las ninfas decidan amarse, respetarse, reconocerse como dadoras y receptoras de placer y rechacen todo juicio de valor, venga de quien viniere.

Si un hombre decide amarnos como somos, es su decisión y no debemos sentir culpa alguna. Nos están matando por cualquier cosa; ninfas o célibes, nos matan igual y nosotras debemos perder el miedo a denunciar.

No somos malas personas por gustar del sexo más que el común de las personas y nadie tiene derecho a cuestionarnos, juzgarnos y mucho pero mucho menos a maltratarnos.

Las cosas no van a cambiar si nosotras no empezamos a enfrentarnos al sistema. Recuerdo que recién empecé a hablar de los derechos eróticos, sexuales y amatorios me llamaron desvergonzada. Claro que no siento vergüenza. Pasaron años para que yo me decidiera a hablar claramente y sin temor. Y no me asusta que no me den un empleo o que me rechacen. Ya no temo a que mi vida sexual se convierta en la comidilla chismosa de turno. Ni la dignidad mía, ni la de ninguna, habita en el ejercicio de la sexualidad. Eso aplica para la realidad de todas las formas de ser mujer. Y todas debemos empezar a tener esto claro.

Encerrarse en el armario es opción —no obligación—. Creo en la existencia de la asexualidad, del celibato, creo en la opción de la monogamia como creo en la opción heterosexual. No como ley. La humanidad es diversidad y es la hora de que empecemos a liberarnos de los moldes impuestos y asumirnos. Yo no creo en un feminismo sin evolución sexual completa. Los armarios son para la ropa y los corotos, no para las personas. Sin embargo, el miedo puede hacerte vivir en un armario voluntariamente, tener doble vida.

Yo me negué a ser fragmentada: todas las mujeres que soy siempre están presentes donde quiera que me pare, así se confundan o a veces tenga que parar a más de un imbécil que pretenda tratarme mal. Solo puedo decirles a las ninfas que me leen que no es cierto que no merezcamos respeto, valoración y amor por ser quienes somos.

Yo me siento una mujer amada y respetada por mi pareja y puedo decirles que preferiría estar sola antes que sumisa. La sexualidad es tan sacra como profana y es absolutamente personal la decisión de cómo vivirla. No habrá paz sin sexualidad libertaria. Una ninfa empoderada no sólo salva su vida sino la de todas las mujeres.

* Ideóloga Feminismo Artesanal

 

 

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