Por: Salomón Kalmanovitz

La descuadernada

Los resultados de las cuentas nacionales para el tercer trimestre del año son preocupantes.

Desde el punto de vista de la demanda, la inversión se redujo en más del 7 % frente a su nivel del año pasado, después de haber sido el impulso fundamental para el fuerte crecimiento que experimentó el país entre 2003 y 2014. Claro que el grueso de la formación de capital fue destinado a ampliar el sector minero y de hidrocarburos, que se desplomó con el deterioro de sus precios. Entretanto, el consumo tuvo un crecimiento bastante magro, de 1,3 %.

Algunos economistas afirman que el problema fue de un trimestre atípico, en el que se dieron una sequía y un paro camionero que se prolongó por 49 días, algo cierto y que pudo afectar los niveles de actividad de la agricultura (-1,7 %) y de la industria (2 %). Lo que es improbable es que el paro o el clima cambiaron los planes de inversión de los empresarios, que se deciden sobre las perspectivas de largo plazo de la economía y de cada sector.

La reducción de la inversión se manifestó igualmente en el nivel de importaciones, que se redujo más del 8 %. Las exportaciones continuaron contrayéndose, pero más levemente. El balance externo terminó siendo positivo (+7 %) para la economía, lo que contribuyó al poco crecimiento que obtuvo, de solo el 1,2 %. Este mal resultado no se daba desde 2009, cuando se recibieron los efectos de la gran crisis financiera que se desató en Estados Unidos y Europa.

La agricultura se contrajo, afectada en especial por la caída de la producción cafetera (-15 %) y de la ganadería (-12 %). Sin embargo, crecieron aceptablemente los cultivos transitorios, la avicultura (4,5 %) y la porcicultura, con un notable 11 %. Estas dos actividades son en verdad de tipo industrial, que utilizan técnicas de producción a gran escala y utilizan alimentos concentrados, buena parte de ellos importados, para hacer el levante de los animales. Gracias a ellos, la proteína de origen vacuno, muy encarecida, ha podido ser sustituida por fuentes alternas de buena calidad, que atienden de mejor manera la dieta de la población colombiana.

La construcción fue el sector que mas creció, casi 6 %, pero con resultados desiguales y raros en su interior: cayó la construcción residencial, se amplió fuertemente la no residencial y la de obras civiles, liderada por Vargas Lleras, se amplió solo 1,9 %. La industria también creció, pero débilmente, a pesar del impulso provisto por la Refinería de Cartagena (30% ), un proyecto costoso e irracional, quizá la mayor captura de la bonanza que vivimos por políticos y funcionarios voraces; el país no conoce hasta ahora el monto de la corrupción y de los desperdicios incurridos, ni han sido llamados por la justicia los responsables de siempre. En balance, 17 sectores industriales se contrajeron y sólo siete crecieron, lo que muestra que el proceso de sustitución de importaciones y el de las exportaciones no fueron lo suficientemente amplios como para darle a la industria el empujón que esperábamos del choque devaluatorio.

Llama la atención que después de ocho trimestres de crecimientos económicos cada vez más bajos, el nivel de desempleo que informa el DANE se mantiene favorable. Según el mismo instituto, “la tasa de desempleo para el total nacional se situó en 8,6 % y completa seis períodos consecutivos (agosto-octubre) con tasas de un dígito”. Es hora de volver a discutir sobre la independencia que debe tener el ente que elabora la estadística nacional.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz