Por: Eduardo Sarmiento

La economía en trance

Los múltiples acontecimientos nacionales y mundiales han relegado la discusión de los temas económicos. La economía está en un proceso acelerado de deterioro que no ha recibido la atención debida.

El problema se resuelve recortando las proyecciones desacertadas de los organismos internacionales y nacionales. El PIB crecerá cerca de 1 % en el tercer trimestre y no llegará a 2 % en el año completo.

La locomotora de la minería salió mal. La producción de petróleo cae 10 % y los proyectos mineros se han convertido en una fuente de pérdidas y bajas rentabilidades. La industria y la infraestructura física, que se presentaron como las nuevas locomotoras, no arrancan. El crecimiento de la industria se explica por la entrada de Reficar, que es un efecto por una sola vez. El índice de obras civiles desciende en los últimos seis meses y la información más reciente revela un descenso de las de más de 10 % en el consumo de cemento. Las ventas externas reflejan el insuceso de 25 años de apertura. Las exportaciones se redujeron a la mitad en los últimos dos años y las importaciones, en especial las de bienes de capital, están asfixiadas por la devaluación. Las ventas internas, que parecían como el principal soporte de la actividad productiva, se vinieron abajo en los meses recientes. Para completar, el empleo crece por debajo de la población y el consumo de energía mucho menos que la producción.

La revaluación acumulada durante diez años y la caída de los precios del petróleo quebraron el balance macroeconómico. El déficit en cuenta corriente es mayor que el déficit fiscal más la expansión del crédito al sector privado. En términos simples, el gasto de la economía es inferior al ingreso, y más, tiene un claro reflejo en los índices de liquidez. Rememorando la recesión de 1999, los medios de pago, la base monetaria y el crédito descienden en forma acelerada.

En todo esto no falta confusión académica. En la ortodoxia se da por hecho la presencia de dispositivos automáticos que mantienen el balance macroeconómico. La aparición del mayor déficit en cuenta corriente da lugar a una devaluación que lo reduce y una baja de la tasa de interés que contrarresta su efecto contractivo con la ampliación del crédito. En la práctica se observa algo muy distinto. La devaluación generó un efecto menor sobre el déficit externo, a tiempo que la tasa de interés no se subió sino que se bajó ocasionando una fuerte contracción del crédito. Ambos elementos acentuaron el desbalance macroeconómico; el déficit en cuenta corriente se mantuvo en 5,5 % del PIB y las ventas del comercio y la inversión pública y privada descendieron. Se entró en un círculo vicioso de caída libre en que la contracción de la actividad productiva amplía el desbalance macroeconómico y éste disminuye la actividad doméstica.

Todo esto se vería agravado por la reforma tributaria que eleva la tributación indirecta y las tarifas de las rentas del trabajo. El expediente ampliaría el desbalance macroeconómico y la presión contractiva. Es la última puntada que falta para precipitar la economía en recesión. No se advierte que bajo condiciones de déficit en cuenta corriente la solución no es contraer el déficit fiscal sino financiarlo.

Estamos ante el colapso del modelo de libre comercio e inflación objetivo, y en el desespero se busca corregirlo con una reforma tributaria de corte regresivo. El remedio resultaría peor que la enfermedad. En términos prácticos, se plantea, más bien, un marco de política industrial y agrícola orientada a incrementar las exportaciones y moderar los costos de las importaciones, de política monetaria que financie parte del déficit fiscal con recursos de emisión y de intervención del tipo de cambio.

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