Por: Eduardo Barajas Sandoval

A la espera de un nuevo episodio

Como Donald Trump todavía no inspira confianza, Barack Obama voló como mensajero de buenas nuevas a Europa, a asegurar que los Estados Unidos seguirán cumpliendo con antiguas obligaciones imperiales.

Antes de dejar la presidencia, y por lo tanto el ejercicio del papel internacional protagónico que, quiéralo o no, está obligado a jugar todo aquel que ocupe la Casa Blanca, Obama visitó dos capitales europeas para calmar los ánimos del continente y reiterar el espíritu de alianza que se ve amenazado con la llegada de su reemplazo. Como el resultado, sorprendente e inverosímil, de las recientes elecciones estadounidenses ha suscitado tantos temores en Europa, a raíz de las posturas aislacionistas de Trump, de sus declaraciones sobre la obsolescencia de la OTAN y de sus elogios a Vladimir Putin, parecía necesaria una inyección de amistad para llenar unas semanas de vacío preocupante en el trámite de las relaciones trasatlánticas de la postguerra fría. 

Vestido de gringo subió a la Acrópolis de Atenas para rendir desde allí homenaje a la democracia. Más tarde, y mientras los anarquistas, parte del paisaje político griego, se manifestaban en su contra, reiteró ante el Parlamento Helénico que no desea que Europa sucumba ante el empuje de un “capitalismo sin alma” y que “la sola austeridad no puede conducir a la prosperidad”. Palabras que habría podido pronunciar cuando la crisis financiera estuvo a punto de producir un Grexit que podría haber comenzado, más temprano que con la salida de la Gran Bretaña, un proceso de desmembración de la Unión Europea,

Algunos griegos quedaron con la impresión de que Obama salió de Atenas hacia Berlín como Hermes, dios mensajero, a tratar de unir los polos de la más reciente controversia de fondo en el seno de la Unión, entre defensores y adversarios de la extrema austeridad. Pero el propósito central de su visita a Alemania fue el de transmitir un mensaje de Donald Trump para quien representa el único bastión de solidez política y estabilidad en Europa occidental: Angela Merkel. Por eso la entronizó como la mejor socia continental de los Estados Unidos. Con sobrada razón, pues a pesar de las dudas internas sobre su manejo de la crisis migratoria, es ella quien sobresale en el contexto continental ante el desvanecimiento de Cameron y Hollande, caído el primero, víctima de su propio invento, y el segundo debilitado por su fracaso en el intento de retornar al estado de bienestar. Con un ítem adicional: la Canciller alemana es quien mejor maneja las relaciones con el Kremlin, así sea por el solo hecho de haberse criado y formado en Alemania oriental, en su época tan cercana no solo al proyecto político sino a la idiosincracia de los rusos.

El mensaje de Trump, originado en el encuentro personal de hace unos días en la Casa Blanca, no era otro que el del consabido interés de todo presidente de los Estados Unidos en mantener intacto su compromiso con las relaciones claves para su país desde el punto de vista estratégico, y en particular con los miembros de la Alianza Atlántica. Seguramente Obama no pudo ocultar una sonrisa al transmitir ese mensaje, pues nadie mejor que él sabe cómo existen obligaciones de las que se puede hablar mal al calor de una campaña política pero no a la hora del ejercicio de las responsabilidades presidenciales.

Las relaciones entre Europa y los Estados Unidos han sufrido altibajos evidentes a lo largo de los últimos años. La crisis de la deuda griega, la del Euro, la negativa a intervenir en Siria cuando los franceses invitaron oportunamente en 2013, el descubrimiento de escuchas de la inteligencia americana contra Europa, entre otros contra la Canciller alemana, el Brexit, contra el cual el propio Obama no ahorró esfuerzos pero salió “derrotado”, la crisis de Ucrania y la anexión rusa de Crimea, además del impacto de las migraciones, han puesto a prueba a las dos partes. Como las pone a prueba ahora el fenómeno Trump, que de lado y lado del Atlántico encuentra manifestaciones equivalentes ante el desprestigio de la clase política, el resurgimiento de nacionalismos que demeritan la globalización contemporánea y buscan identidades en el encierro, el recelo y la exaltación de los intereses propios, para sobrevivir a toda costa sin que importe demasiado cómo les va a los demás.

Todo lo anterior requiere de mucho tino en su manejo, para evitar una escalada de confrontaciones verbales y de posiciones políticas y reacciones económicas que afectarían una identidad histórica hasta ahora indiscutible. Pero hay que considerar además el hecho de que en el trasfondo de las relaciones trasatlánticas contemporáneas siempre ha estado Rusia, y lo sigue estando después de la guerra fría, particularmente a partir de la ineptitud de muchos para reconocer que los rusos tienen derecho a su mundo aparte, sin que se les pueda reclamar que se conviertan en lo que jamás han sido ni querido ser: un apéndice del mundo occidental. 

Esta materia adquiere aún más importancia ante la postura, aparentemente amigable, de Donald Trump hacia Moscú. Ya se verá cómo se comienzan a despejar, con su ejercicio efectivo de la presidencia, las incógnitas suscitadas por su discurso de campaña, aliviadas por unos días gracias al afecto expresado por el presidente saliente y su clamor por una Europa amiga, fuerte, unida, democrática y próspera. Mientras tanto, con el apoyo de una diplomacia acostumbrada a manejar con audacia las relaciones con Washington, Putin espera y reflexiona con talante de ajedrecista sus próximas jugadas. Porque sabe que, quiérase o no, Rusia sigue dibujada en el telón de fondo del drama de las relaciones de los Estados Unidos con Europa, y está a punto de comenzar un nuevo episodio.

 

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