Por: Cecilia Orozco Tascón

La estrategia de la ira y el odio

Está probado: a Uribe y, por supuesto, a sus amigos sumisos no los mueve nada diferente a la ira y el odio.

Con ira y odio actúan en política; con ira y odio se hacen elegir de otros que votan por ellos porque sufren de idéntico mal; con ira y odio llegan a la Presidencia, al Congreso, a la Procuraduría, a la milicia, a las cortes en donde contaminan la justicia con su ira y odio. Con ira y odio juzgan desde su inmortalidad a los mortales que no pertenecen a su cofradía y ven en estos una paja de corrupción mientras permanecen ciegos frente a su viga propia. Su modo de operar también es conocido: empiezan los insultos del jefe y continúan los de los áulicos. Quienes han adquirido mayor grado de cinismo y desfachatez, gritan sus improperios con el gesto de los que se consideran héroes… o heroínas entre las cuales hay unas que… ¡Ave María! Otros, se camuflan de periodistas abusando de la libertad de prensa y muchos más calumnian agazapados en seudónimos y cuentas falsas de las redes sociales, seguros de que nunca tendrán que responder por el delito de injuria, menos ahora cuando el exótico magistrado José Luis Barceló, de la Corte Suprema, se inventó la tesis —por cierto, violatoria de la Constitución—  de que se puede delinquir sin ser sujeto de sanción si se argumenta que la conducta fue “… más producto de la emoción que de la razón”. 

Así funciona el gran aparato publicitario del uribismo con su estrategia de pulpo que mueve, al unísono, sus multitentáculos para cazar todos sus objetivos. Y así lo desplegó desde cuando supo la noticia de que Juan Manuel Santos había ganado el Premio Nobel de Paz, un trago muy amargo para que Uribe y sus coros de iracundos y odiadores pudieran tragárselo, callados. La apoteosis de su táctica fue la pregunta que una insegura reportera formuló en la rueda de prensa del mandatario colombiano y su homóloga de Noruega, Erna Solberg: “señor presidente, ¿qué le dice usted a sus opositores, en particular al expresidente Uribe, que ha dicho que el Premio Nobel de Paz se compró por intereses noruegos?”. La respuesta de Santos ha sido difundida: “me siento avergonzado de oír eso”. Menos conocida es la que dio una molesta aunque diplomática señora Solberg: “No se puede comprar un Premio Nobel de Paz ni los Nobel académicos. El escrutinio (para elegir al ganador) lo hace un comité independiente con un altísimo nivel de integridad”.

Con independencia de lo que cada uno sienta o piense de Juan Manuel Santos, la reacción uribista contra él por haber obtenido una presea que es motivo de orgullo para los países de origen de los ganadores, tanto más cuanto que los antecesores del mandatario nacional son, entre otros, el Dalai Lama, Nelson Mandela y Martin Luther King, no salió bien esta vez porque dejó al descubierto su mezquindad y agravió a Noruega que no ha hecho otra cosa que apoyar a Colombia, incluida la época de las administraciones Uribe. Sin embargo, la pobre reportera cuya imagen quedó en el centro del “oso” internacional ejecutado ante miles de espectadores, era solo la actora final de la trama “informativa” desplegada por los resentidos, así ahora el expresidente, consciente de su embarrada, niegue su participación en ella. Un par de ejemplos para que ustedes calibren: una página web a cuyo nombre no le voy a hacer eco, se precia de ser la que “reveló” que el Nobel fue “prepagado” por Santos. Ese sitio está íntimamente vinculado a José Obdulio Gaviria. Hace unas horas se publicó, ahí, una supuesta entrevista con Alejandro Ordóñez quien dijo, de manera poco original: “Estamos ante una comedia que empezó en Cartagena y terminó en Oslo”; en el derechista diario español ABC, el neocolombiano con pasaporte nacional por cuenta de Andrés Pastrana, Ramón Pérez-Maura escribe: “¿(A Santos) le premian por mentir en campaña”? Y en otro portal colombiano, Las2Orillas, lo retoman como fuente… ¡Qué veneno! Si no lo expulsaban, iban a morir por sus efectos.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cecilia Orozco Tascón

La identidad del presidente, a prueba

Papel de los periodistas en las crisis del poder

Llegan los vengadores