Por: Ignacio Mantilla

La firma en un diploma

Tienen lugar por estos días, en casi todas las universidades, las ceremonias de graduación de los estudiantes que concluyeron sus estudios exitosamente en el primer periodo académico del año.

El acto central de estos importantes eventos académicos es la entrega de los diplomas que acreditan y certifican un título profesional, de especialista, de magíster o de doctor. El diploma encierra un significado fundamental para quien lo recibe, pero también una gran responsabilidad para la universidad que lo expide y, por supuesto, para la autoridad académica que lo firma en nombre de la institución, como garante, entre otras cosas, de su autenticidad.

Recordemos que la firma en los documentos es una costumbre que evolucionó de los monogramas que se estampaban en los documentos reales desde la época de Carlomagno y hasta antes del siglo XIV. Estos documentos eran marcados por los secretarios como decisiones del rey. Sin embargo, una gran cantidad de documentos reales aparecían con el monograma de determinado rey, aún mucho tiempo después de su muerte. Esto obligó a que los monogramas paulatinamente fueran reemplazados por signaturas o firmas de la propia mano del rey, para asegurar la originalidad del documento. Las firmas de los reyes fueron cada vez más elaboradas hasta el punto de que se convirtieron en verdaderas obras de arte caligráfico.

Es lamentable, sin embargo, que hoy en día estemos cayendo en la costumbre, según la cual, lo que se escribe de puño y letra pierde valor o no se acepta. A propósito, comparto una anécdota reciente: en una entidad bancaria en la que hacía un reclamo verbalmente, se me indicó que era mejor que presentara una queja escrita. Ante esta recomendación pedí a la funcionaria que me atendía, que me facilitara una hoja de papel para dejar por escrito mi solicitud. Aterrada, con ojos desorbitados, de “no lo puedo creer”, como si estuviera yo a punto de cometer un sacrilegio me dijo: “pero cómo se le ocurre, tiene que hacerlo en un computador”.

Actualmente hay un debate en torno a la manera como se deben firmar los  diplomas. Toma fuerza la opinión de quienes creen que éstos deben ser firmados mecánicamente, de manera electrónica o digital, pues el alto volumen de graduandos implica una considerable dedicación de tiempo para los encargados de las firmas, y en efecto, ya en algunas instituciones se ha implementado una firma distinta a la tradicionalmente manual y original.

Es fácil hacer cuentas del tiempo que demanda una firma y del que invertirán los directivos en firmar los diplomas para unas ceremonias de graduación. Así por ejemplo, en la Universidad Nacional, patrimonio de todos los colombianos, tendremos en los próximos días 4609 graduandos y cada diploma debe tener la firma de la secretaria general, el rector y el decano o decana de la facultad a la que pertenece el estudiante. Si se estima que en un minuto se firman en promedio cinco diplomas, un cálculo sencillo arroja que el rector debe dedicar aproximadamente una hora para firmar 300 diplomas, es decir, un poco más de 15 horas para firmar todos los diplomas, lo que representa un par de días, si se dedica principalmente a esta actividad. Y este tiempo es un tercio de la tarea completa de todos.

Pero aunque parezca una posición conservadora, quiero defender la firma manual del diploma, pues desde mi perspectiva se trata de un documento trascendental para quien lo recibe, que lo conservará durante toda su vida y lo exhibirá en algún lugar o lo mostrará orgulloso a sus familiares y amigos.

Como rector, debo confesar, que adicionalmente se constituye en la firma que con mayor satisfacción realizo. Y si se acepta que deben firmarse manualmente -a veces con huella digital- algunas cartas, resoluciones, acuerdos, poderes, derechos de petición, solicitudes, entre otros, ¿cómo puede considerarse una pérdida de tiempo la firma de un diploma?

El mensaje debe ser claro: los egresados no son productos, que como mercancías se etiqueten con un código de barras para ser identificados. No puede caerse en el pragmatismo, aparentemente eficiente, de imprimir todo con formatos predefinidos con el argumento de ahorrar tiempo o trabajo. No creo, por ejemplo, que aceptemos de buen agrado que en lugar de recibir un diploma de manos del decano en una ceremonia protocolaria, solemne y de corte académico, éste se nos haga llegar por debajo de la puerta a vuelta de correo o que un personaje al que se le pida un autógrafo nos estampe su firma digital. No imagino el día en que el graduando reciba el mensaje: “estás a un click del título”, oprime <enter> para imprimir tu diploma.

Naturalmente, a medida que la cobertura universitaria aumenta, es más difícil sacar el tiempo necesario para llevar a cabo la tarea de firmar miles de diplomas, y puede ocurrir que como sucede hoy en día con los títulos oficiales que expiden las universidades españolas, los diplomas correspondientes demoren cinco años porque todos son firmados por el rey.

Nuestras universidades deben esforzarse por mostrarle a la sociedad el gran valor de sus egresados y de los títulos que otorgan. Sería contradictorio con este principio olvidar la bonita, aunque ardua, costumbre de rubricar a mano cada uno de los títulos expedidos por nuestras instituciones.

*   Rector, Universidad Nacional de Colombia

@MantillaIgnacio

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