Por: Eduardo Barajas Sandoval

La gente piensa otra cosa

Está claro que la mayoría de la gente no piensa lo que dicen las encuestas ni lo que creen los gobernantes o los analistas del sentimiento popular.

Eventos recientes, tanto en democracias aparentemente depuradas como en el seno de sociedades democráticamente incipientes, han demostrado que la mayoría ciudadana termina por contradecir no solo las predicciones de las encuestas sino los anhelos de lo que en determinado momento parecería ser, bajo la influencia de múltiples intérpretes, la corriente principal de la opinión. Los encuestadores han quedado mal; también los analistas tradicionales, que se la pasan armando explicaciones estadísticas a problemas que nada tienen que ver con el estómago y el alma de los votantes, los medios de comunicación, que dicen que cuentan lo que ven pero tratan de ser al mismo tiempo tribunales supremos de la vida pública y centros de prestidigitación, los partidos políticos, por encima de los cuales los ciudadanos pasan con gesto de revancha por sus equivocaciones y su inutilidad, y los gobiernos, que no se dan cuenta de sus torpezas y creen que la gente no advierte sus contradicciones, su deseo de manipular la opinión con sus verdades, o su afán de componer las cosas a la carrera para tratar de quedar bien.

Todos los poderes anteriores han resultado burlados por una opinión anónima que sale del closet a la hora de votar, porque decide rebelarse y ejercer su cuota de poder, en un sentido insospechado y por unas causas en las que casi nadie cayó en cuenta, o a las que no se les dio importancia. Entre más primaria, esa opinión anónima parece identificar con mayor precisión debilidades o perversiones del sistema económico, así como equivocaciones de los gobernantes; y desde la privacidad de la casilla de votación reacciona de manera que los aparentes “peores escenarios" se convierten en realidad. Al decidir, juzgan la situación del conjunto de la sociedad exclusivamente por los hechos concretos de su vida cotidiana. Para nada tienen en cuenta la perspectiva histórica ni las complejidades del desarrollo de la vida institucional. No les interesa. Por eso en ellos no hace mayor efecto el discurso, en un idioma extraño, sobre la economía y la sociedad. Se niegan a aceptar los dictados de un sistema que instintivamente encuentran construido en favor de los intereses de otros.

Como las campañas políticas tradicionales giran alrededor de discusiones sofisticadas sobre pocos temas, y se alimentan de consideraciones ajenas al sentir de esa mayoría, leve pero existente, de personas que solo comprenden cada coyuntura en los términos elementales de su experiencia de vida y sus sentimientos, de poco sirve todo lo que se diga conforme a una racionalidad para iniciados. Hasta que aparece un personaje que, para el ciudadano descontento, ignorado o incomprendido, ofrece algún cambio y plantea, en términos sencillos, soluciones a esos problemas cotidianos que otros no tratan. Entonces piensa que es como ver su propia imagen y escucharse cuando se mira en el espejo. Cree que ese sería un tipo con el que se podría tomar una cerveza viendo un partido de béisbol, y entra en una relación magnética que hace que no importe si ese personaje dice o es una u otra cosa. Vota por él por la sencilla razón de que, por primera vez, se siente representado en la truculencia de su desespero y de las soluciones mágicas e inmediatas a los problemas que le afligen.

No será fácil ni sencillo explicarse cabalmente la razón por la cual estaban todos equivocados de manera monumental. Se deben aceptar múltiples insinuaciones. Una de ellas, frente al más sobresaliente de los descalabros recientes, puede ser el hecho de que los procesos políticos, y por ende los electorales, se han centrado demasiado en los problemas de la economía y poco en los de la sociedad. Los pontífices de la primera, con las mejores intenciones, se dedican a fortalecer los intereses del crecimiento, sobre la base del papel protagónico de los “creadores de riqueza y de empleo”, sin reparar en el hecho de que al mismo tiempo son productores de desigualdad. Los pregoneros de las soluciones sociales venden vientos e ilusiones, o ayudan a proteger a los primeros y tratando de ver cómo cualquier actividad humana, incluyendo las del intelecto, es mensurable y produce rentabilidad en sentido tradicional.

Tal vez sea urgente fortalecer los procesos propios del ejercicio de la ciudadanía y de la cultura política. En lugar de castigar, o de menospreciar, la ignorancia de quienes votan por aquel de las soluciones mágicas en el espejo, sería más útil que por entre las redes sociales comenzara a circular un poco más de democracia, de flexibilidad y de comprensión. No hay que aislar la política de la economía y de la sociedad. Por el contrario hay que ponerlas juntas, desde los procesos formativos hasta las narrativas de espectro social, para que nadie se atribuya la exclusividad de la orientación de las cosas públicas. A sabiendas de que, como lo conocen los orientales desde tiempos remotos, el bien y el mal siempre andan juntos y alguien tiene que jugar uno u otro papel.

Como ahora vivimos pendientes de lo que vaya a hacer Donald Trump, y cavilando si nos va a querer, nos va a ayudar, nos va a salvar, o nos va a despreciar, y si será posible que realice todas esas cosas que en su desconocimiento de los asuntos de estado propuso, como si se tratara de un negocio más de su cuestionado imperio empresarial, valdría la pena detenerse un momento y averiguar aquello que al mismo tiempo suceda en otras partes del mundo, menos abyectas a lo que pase en los Estados Unidos, como en Pekín, Hanoi, Yakarta, Pretoria, Kuala Lumpur y Moscú; porque también en el ámbito global la gente puede estar pensando otra cosa.
 

 

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